El autor, en el prólogo viene a decir que posiblemente lo que escribe no guste a los nacionalistas, de cualquier lugar. Pero a mí me ha parecido un libro muy interesante y muy esclarecedor. Intentaré en las siguientes líneas hacer un esbozo de las ideas principales que plantea el autor y en qué se basa
Álvarez Junco comienza aclarando conceptos un tanto complejos. Los nacionalismos definen un territorio nacional, en palabras del propio autor “(…) la reivindicación nacionalista evoluciona inevitablemente desde lo étnico hacia lo territorial. Se comienza por un “nosotros somos diferentes” (…) y se concluye con un “esta tierra es nuestra”. Las identidades nacionales se construyen, son algo artificial, algo no natural. Álvarez Junco utiliza un concepto, creo muy adecuado, para definir el proceso de la construcción de una identidad nacional, y este concepto es el de “patriotismo étnico” el cual define, y cito textualmente, como la “adhesión de un grupo humano que se cree dotado de identidad cultural propia y se va empezando a confundir con la estructura política de la monarquía”. Otro término que aclara el autor es “España”, el cual proviene de los términos Iberia e Hispania, pero que ni mucho menos significan lo mismo. Los términos usados en la Antigüedad para referirse a la Península Ibérica son términos únicamente geográficos, sin ninguna otra connotación. Cuando en la Edad Media surge el término “España”, este sigue teniendo un significado puramente geográfico y solo a lo largo de la edad Moderna irá adquiriendo connotaciones culturales y políticas para terminar teniendo el significado actual en la Edad Contemporánea. Es curioso ver que el término “español” proviene del extranjero, probablemente de la Francia medieval (si es que se puede hablar de Francia por aquél entonces). La cuestión es que le término “español” en sus orígenes servía para denominar a los habitantes al sur de los Pirineos.
El autor dedica varias páginas a ir analizando la “Historia de España” para ir mostrando como antes del siglo XIX es erróneo hablar de Nación Española, y de España (con connotaciones de unidad política) no antes del XVIII.
El mito fundacional de la Nación Española es la Guerra de la Independencia de 1808 – 1814 (por cierto, tal y como señala el autor, tardó casi 4 décadas en bautizarse así). Haré tres citas que resumen perfectamente el carácter de mito fundador de la nación: “El Dos de Mayo español equivalía pues, al Cuatro de Julio norteamericano, al Catorce de Julio francés (…)” “Fue en el Cádiz de las Cortes (…) donde los términos heredados de reino y monarquía fueron sustituidos por nación, patria y pueblo” “La sublevación del 1808 inició la historia del nacionalismo español (…)”. La Guerra de la Independencia fue un conflicto muy complejo ya que era una guerra internacional, una guerra civil, una guerra contra un invasor, tenía connotaciones de cruzada… A lo largo del siglo XIX se entendió que el levantamiento masivo contra los franceses demostraba la existencia de una nación española sólida y unida, pero no era exactamente así. Las Cortes de Cádiz uniformizaron y centralizaron administrativamente España, al menos sobre el papel. Sin duda 1808 es un momento de ruptura. En el marco confuso y convulso de 1808 – 1814 el patriotismo étnico pasó a ser nacional, y ello fue obra de los liberales, “Españoles, ya tenéis patria” dijo Arguelles el 19 de marzo de 1812, pero con la vuelta de Fernando VII todo este proceso de creación de la nación quedó paralizado. La nación era algo que sonaba a revolucionario, algo que no gustó a los sectores absolutistas y al clero de la primera mitad del XIX. Esto iría cambiando con el paso del tiempo.
La función política de la Historia es inevitable. En el siglo XIX los distintos sectores reescribieron al Historia de “España” según les conviniera. Liberales y conservadores interpretaron la Historia a su manera. Surgió entonces la historia nacional. Al finalizar el siglo, los sectores conservadores se habían apropiado de la historia nacional. El esquema que seguían ambas interpretaciones de la Historia era: fundación, edad de oro, decadencia y redención. Los liberales afirmaron que el primer habitante de España (y por tanto, el primer español) fue Túbal (nieto de Noé), idealizaron la Edad Media por las Cortes y los fueros municipales garantes de las libertades; achacaron la decadencia de España a los Austrias que impusieron el absolutismo tras Villalar, crearon el mito de la Guerra de Independencia como lucha nacional contra la tiranía, y defendían la soberanía nacional, al democracia municipal y al Unión Ibérica (algunos). Por su parte, los conservadores daban al apóstol Santiago un papel de fundador de la nacionalidad española, idealizaron los reinados de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, Trento y la Contrarreforma, el Imperio y Lepanto, y la mística del XVII; achacaron la decadencia a reyes débiles como los Austrias menores, al reformismo “antiespañol” (y extranjero) del XVIII y las revoluciones del XIX, se apropiaron del mito de la Guerra de la Independencia como lucha nacional por la Religión (católica, claro está); y defendían al unidad política y religiosa, y el Imperio (en Marruecos). Las dos interpretaciones coinciden sin embargo en algunos aspectos: el esencialismo de lo español, España existe desde tiempos inmemoriales, en el 711 con la invasión musulmana “se perdió España”, a asociar la decadencia de la nación a extranjeros, y afirmar que la belicosidad y la religiosidad son rasgos permanentes del carácter español.
Los sectores conservadores, representados por el nacional-catolicismo, se apropiaron de la Nación y de la Historia, reinterpretándola. ¿Cómo sucedió esto? Álvarez Junco dedica la tercera parte de su libro a investigar esto: “A medida que la revolución liberal se moderaba y la monarquía se hacía más conservadora, también el nacionalismo se iba convirtiendo en algo respetable”. Así pues, en la segunda mitad del XIX los conservadores iniciaron una “contraofensiva” ideológica, consiguiendo imponer su visión de España y de lo español. Los orígenes del nacionalcatolicismo se pueden encontrar, según Álvarez Junco, en autores como Balmes y Nocedal, y su triunfo se dio con Menéndez Pidal. Se definió España y lo español con un rasgo principal: el catolicismo. España se hizo nación con la conversión de Recadero (en el 589), pero ya desde antes el cristianismo había llegado a España con Santiago, y antes los españoles ya tenían tendencias monoteístas proclives a recibir el mensaje cristiano. Ese era el mensaje que se construyó desde el nacionalcatolicismo. Ser español era ser católico. Además, a falta de enemigo externo claro, se introdujo un enemigo interno, representado por la “anti-España”. En 1889 se celebró el XIII centenario de la conversión de Recadero, y en ese momento “la fusión entre catolicismo y nacionalismo era completa”.
La “invención de la tradición” se hizo mediante una serie de símbolos colectivos, nacionales que Álvarez Junco analiza. La bandera nacional (roja, amarilla, roja) fue instaurada por Carlos III para la marina, Carlos IV ordenó que fuera también la de las plazas costeras (como Cádiz), fue la bandera de los liberales y en 1843 Isabel II la extendió como bandera del ejército de tierra, en 1868 se convirtió en bandera nacional pero hasta 1908 no se ordenó que ondeara en todos los edificios públicos. El himno nacional (la marcha de granaderos, la marcha real) se compuso en el siglo XVIII pero no fue declarado oficialmente himno nacional hasta 1908. La fiesta nacional fue difícil de fijar, y no fue hasta los primeros años del siglo XX cuando Maura instituyó como fiesta nacional el 12 de octubre, día del descubrimiento de América y del Pilar, donde confluían las tradiciones liberal y católica. Los monumentos nacionales fueron escasos ene l XIX, pero lo que si se hizo fue poner nuevos nombres a las calles.
“El proceso nacionalizador fue escaso, pero un fue un fracaso” señala el autor porque “si el Estado, la unidad política subsistió, es que la nacionalización había logrado algún éxito”. Y es que el proceso nacionalizador en España tuvo muchos problemas: la inestabilidad política, las desastrosas guerras (la de la Independencia y las carlistas), la falta de poder económico del Estado, la pérdida del imperio en un momento en que las naciones se afirmaban por medio de las conquistas coloniales, una cierta dejadez del Estado en el proceso nacionalizador, el error estatal e dejar la educación en manos de la Iglesia (se formaban católicos, no españoles), la ineficacia integradora del ejército, el surgimiento de nacionalismos alternativos a fines del XIX… A fines del XIX la imagen que de España tenían los españoles era la de mater dolorosa: la madre enlutada que llora la muerte de sus hijos. “El ente nacional suscitaba identificación (…) pero no orgullo” señala Álvarez Junco.
Como conclusión se puede decir que el proceso nacionalizador español del XIX fue escaso pero no un fracaso, que los conservadores se apropiaron de la Nación y su Historia, que al función política es inevitable desde siempre, que la Historia es cambiante (España no existe desde siempre), y que las identidades culturales se construyen y son cambiantes y múltiples.
España no existía hace 2000 años y no existirá dentro de otros 2000. Lo mismo se puede aplicar a cualquier otra nación o territorio con aspiraciones a nación. "




A continuación fuimos a la plaza del Carmen donde Luis Sorando habló de cómo era esa zona en 1808 y explicó brevemente cómo es el uniforme de Voluntarios de Aragón (modelo 1805) y otros trajes de época. Para acabar esa parada, un Voluntario de Aragón nos obsequió con una demostración de carga y disparo de fusil.








El grupo el Royo del Rabal interpretó varias jotas a lo largo del acto. Tras unas palabras de Gonzalo Aguado y el alcalde se procedió a hacer una pequeña aunque emotiva ofrenda floral junto al monumento de Mariano Benlliure a las Heroínas de Los Sitios. 


