sábado, 31 de enero de 2009

Heroica defensa. 1 - 2 - 1809


El 1 de febrero de 1809, tras una enconada defensa, los franceses tomaron el convento de San Agustín de Zaragoza. El combate por la iglesia fue tremendo e inaudito. Varios zaragozanos se atrincheraron en el campanario."Zaragoza" de Galdós (merece la pena leerlo):"Llegamos a la iglesia; pero los franceses que habíanentrado por la sacristía, se nos adelantaron, y ya ocupaban el altar mayor. Yo no había visto jamás una mole churrigueresca, cuajada de esculturas y follajes de oro, sirviendo de parapeto a la infantería; yo no había visto que vomitasen fuego los mil nichos, albergue de mil santos de ebanistería; yo no había visto nunca que los rayos de madera dorada, que fulminan su llama inmóvil desde los huecos de una nube de cartón poblada de angelitos, se confundieran con los fogonazos, ni que tras los pies del Santo Cristo, y tras el nimbo de oro de la Virgen María, el ojo vengativo del soldado atisbara el blanco de su mortífera puntería.""Pues bien, los franceses se posesionaron rápidamente del camarín de la Virgen, de los estrechos tránsitos que he mencionado; y cuando nosotros llegamos, en cada nicho, detrás de cada santo, y en innumerables agujeros abiertos a toda prisa, brillaba el cañón de los fusiles. Igualmente establecidos detrás del ara santa, que a empujones adelantaron un poco, se preparaban a defender en toda regla la cabecera de la iglesia.Nosotros no estábamos enteramente a descubierto, y para resguardarnos del gran retablo, teníamos los confesonarios, los altares de las capillas y las tribunas. Los más expuestos éramos los que entramos por la nave principal; y mientras los más osados avanzaron resueltamente hacia el fondo, otros tomamos posiciones en el coro bajo, y tras el facistol, tras las sillas y bancos amontonados contra la reja, molestando desde allí con certera puntería a la nación francesa, posesionada del altar mayor.El tío Garcés, con otros nueve de igual empuje, corrió a posesionarse del púlpito, otra pesada fábrica churrigueresca, cuyo guarda-polvo, coronado por una estatua de la fe, casi llegaba al techo. Subieron, ocupando la cátedra y la escalera, y desde allí con singular acierto dejaban seco a todo francés que abandonando el presbiterio se adelantaba a lo bajo de la iglesia. También sufrían ellos bastante, porque les abrasaban los del altar mayor, deseososde quitar de enmedio aquel obstáculo. Al fin se destacaron unos veinte hombres, resueltos a tomar a todo trance aquel reducto de madera, sin cuya posesión era locura intentar el paso de la nave. No he visto nada más parecido a una gran batalla, y así como en ésta la atención de uno y otro ejército se reconcentra a veces en un punto, el más disputado y apetecido de todos, y cuya pérdida o conquista decide el éxito de la lucha, así la atención de todos se dirigió al púlpito, tan bien defendido como bien atacado.Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía desde el coro, y la explosión de las granadas de mano que los de las tribunas les arrojaban; pero, a pesar de sus grandes pérdidas, avanzaron resueltamente a la bayoneta sobre la escalera. No se acobardaron los diez defensores del fuerte, y defendiéronse a arma blanca con aquella superioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha. Muchos de los nuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los altares y los confesionarios, corrieron a atacar a los franceses por la espalda, representando de este modo en miniatura la peripecia de una vasta acción campal; y trabose la contienda cuerpo a cuerpo a bayonetazos, a tiros y a golpes, según como cada cual cogía a su contrario.De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, y nuestra retaguardia, que se había mantenido en el coro, salió también. Algunos que se hallabanen las tribunas de la derecha, saltaron fácilmente al cornisamento de un gran retablo lateral, y no satisfechos con hacer fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuas de santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto el púlpito se sostenía con firmeza, y en medio de aquel infierno, vi al tío Garcés ponerse en pie, desafiando el fuego, y accionar como un predicador, gritando desaforadamente con voz ronca. Si alguna vez viera al demonio predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadida por todas las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la atención.Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por cien balazos, cayó de improviso lanzando un ronco aullido. Los franceses, que en gran número llenaban la sacristía, vinieron en columna cerrada, y en los tres escalones que separan el presbiterio del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La descarga de esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados en un instante, dejando sobre las baldosas gran número de muertos, nos retiramos a las capillas. Perecieron los primitivos defensores del púlpito, así como los que luego acudieron a reforzarlos, y al tío Garcés acribillado a bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su furor los vencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel gran patriota que no nombra la historia.El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento. Retirándonos desordenadamente a distintos puntos, separados unos de otros, no sabíamos a quién obedecer; bien es verdad que allí la iniciativa de cada uno o de cada grupo de dos o tres era la única organización posible, y nadie pensaba en compañías ni en jerarquías militares. Había la subordinación de todos al pensamiento común, y un instinto maravilloso para conocer la estrategia rudimentaria que las necesidades de la lucha a cada instante nos iba ofreciendo. Este instintivo golpe de vista nos hizo comprender que estábamos perdidos, desde que nos metimos en las capillas de la derecha, y era temeridad persistir en la defensa de la iglesia ante las enormes fuerzas francesas que la ocupaban.Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de un retablo viejo, que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos levantar una barricada en el arco de la capilla y defendernos hasta lo último; (...)Salimos, pues, de San Agustín. Cuando pasábamos por la calle del mismo nombre, paralela a la de Palomar, vimos que desde la torre de la iglesia, arrojaban granadas de mano sobre los franceses establecidos en la plazoleta inmediata a la última de aquellas dos vías."


«En la torre se habían situado y pertrechado siete u ocho paisanos con víveres y municiones para hostigar al enemigo, y subsistieron verificándolo por unos días sin querer rendirse».


miércoles, 28 de enero de 2009

Villacampa y los Voluntarios de Huesca rechazan 8 ataques. 29 - 1 - 1809


29 de enero de 1809. Zaragoza se halla sitiada por segunda vez por 50000 soldados de Napoleón y 160 piezas de artillería. La comida y als municiones escasean, el tifus se cobran numerosas víctimas, las "defensas" exteriores de Zaragoza ya han caido... pero Zaragoza no se rinde. El Convento de Santa Mónica (estaría en la actual calle Asalto) es defendido por unos 800 Voluntarios de Huesca dirigidos por Pedro Villacampa Maza y de Linaza. Hay dos brechas en los muros del convento, una es practicable. El día 29, los franceses lanzaron 8 asaltos contra dicho punto. Los 8 asaltos fueron rechazados.
Fragmentos de la novlea "Héroes Anónimos en la Zaragoza de los Sitios":
“Nuestro comandante se dio cuenta de que con un fuego tan intenso era imposible reparar la brecha en el muro, así la situación, Villacampa ordenó levantar una barricada, paralela a la brecha, entre los arcos del claustro principal del convento, para ello utilizamos las cajas de madera en las que los ingleses nos habían traído fusiles antes de que comenzase el sitio. Nos fue justo para acabar la barricada del claustro, pues los franceses no cejaban en su empeño de echarnos de allí. Desde el molino avanzaron de nuevo hacia nosotros, tras dos descargas de fusilería que causaron gran daño al enemigo, nos replegamos al parapeto recién levantado. Atrincherados bajo los arcos del claustro, lanzamos mortíferas descargas de fusilería contra los franceses que iban entrando por la brecha, hasta que al final llegamos a un cruento cuerpo a cuerpo. Luchamos valerosamente y conseguimos rechazar por cuarta vez, a los franceses que intentaban apoderarse del convento de Santa Mónica.
Ante la posibilidad de que los franceses nos obligaran a abandonar nuestras posiciones, Villacampa nos mandó fortificar el segundo claustro del convento, para lo cual abrimos aspilleras.
Mientras nos dedicábamos a fortificar el segundo claustro, los franceses nos obsequiaron con una demostración de su potente artillera, bombardeándonos con obuses y cañones.
A las tres de la tarde del interminable y agotador día de San Valero, los franceses volvieron a atacar y por quinta vez los rechazamos, gracias en buena medida a las granadas de mano que se encargaron de lanzar a los enemigos, los capitanes Mendieta y Perena y los subtenientes Domec y Hernández. Como no pudieron doblegar nuestra enconada defensa, siguieron sin éxito con los bombardeos.
El séptimo ataque fue contundente, nos acometieron con gran ímpetu, obligándonos a replegarnos al segundo claustro que antes habíamos fortificado, donde resistimos dos duras y terribles horas de combate. Viendo los franceses que no iban a conseguir desalojarnos de aquella posición, nos bombardearon, aún si cabe, más inclementemente y con una intensidad nunca antes vista. Escuchábamos el estrépito de los cañones y obuses, el estampido de las granadas, caían las bombas, las vigas se hacían mil pedazos, los muros se resquebrajaban, los techos se desplomaban, el suelo temblaba, todo estaba lleno de polvo y humo… y la infantería enemiga se disponía a atacarnos por octava vez. Las bombas traían un mensaje escrito: muerte y destrucción. Pero aun con todo, los Voluntarios de Huesca, seguíamos dispuestos a resistir otro ataque, nuestro comandante, don Pedro Villacampa nos animaba y daba ejemplo de valor, de entereza de ánimo, de heroicidad. Estábamos dispuestos a seguirle hasta el mismísimo infierno, aunque no hacía falta ya que en esos momentos Zaragoza era el infierno y el convento de Santa Mónica era su centro.
Las bombas y granadas seguían cayendo sin cesar, pero nos manteníamos firmes en nuestras posiciones en el claustro bajo y en los pisos superiores. Llegó un momento en el que las centenarias paredes del convento no dieron más de sí y se empezaron a desplomar. Primero se derrumbó el piso superior, a continuación el segundo, y milagrosamente el piso bajo no se derrumbó completamente, al menos de momento…
(…)
El convento ya no resistía más, se iba a desplomar por completo sepultándonos a los que aún no lo estábamos. Villacampa, viendo que era inútil acabar sepultados bajo los escombros, ordenó salir de Santa Mónica a las calles próximas, dejando en él a muchos compañeros muertos. El convento se derrumbó totalmente en unos momentos, convirtiéndose en un montón de escombros y en cementerio de muchos Voluntarios de Huesca que tan numantinamente lo habían defendido.”

lunes, 26 de enero de 2009

27 de enero de 1809. Los franceses asaltan Santa Engracia.


Entre el 27 de enero y el 1 de febrero asistimos a un punto de inflexión del Segundo sitio de Zaragoza. Los franecses conquistan las "defensas" de Zaragoza. teóricamnete Zaragoza ya era indefendible (más que antes) y según las teorías miliatares de la época se debería rendir. Pero Zaragoza fue diferente.

“(…) las minas que el mayor Breville practicó bajo el paseo derribaron el 27 de enero la mitad de los juros del convento de Santa Engracia (…). Un combate terrible empezó en todas las partes del convento; allí los monjes, los soldados, los paisanos, las mujeres y hasta los niños se animaban mutuamente a disputarnos el terreno; se defendía peldaño a peldaño en las escaleras, de corredor en corredor, de aposento en aposento en aposento atrincherándose detrás de los colchones de lana y hasta detrás de los montones de libros, haciéndonos desde todas partes un fuego infernal (…). A pesar de todo, los españoles fueron rechazados hasta más allá del convento de Capuchinos, del cual también nos habíamos apoderado” Louis Francois Lejeune


ZARAGOZA NO SE RINDE

sábado, 17 de enero de 2009

Seguimos de Bicentenario 1809 - 2009



Pues nada, ya estamos en el segundo año del Bicentenario de los Sitios de Zaragoza.

De lunes a viernes, de camino a al universidad, paso por la Puerta del Carmen y hago un recorrido que hace doscientos años estaba lleno de trincheras y baterías francesas... paso cerca de lo que fue el reducto del Pilar (cayó el 15 de enero de 1809), al lado de la antigua Puerta de Santa Engracia. Me paro a pensar en los hechos que en dichos lugares tuvieron lugar, actos horribles y heroicos a la vez, de locos pero con su lógica... sí es contradictorio, pero así es el ser humano...


Por estas fechas, hace 200 años, las defensas exteriores de Zaragzoa ya habían caido; y la ciudad sufría asedio desde el 20 de diciembre de 1808.


"¿Cuánto más aguantaría Zaragoza el ataque del mejor ejército del mundo?"