viernes, 26 de noviembre de 2010

1410. Comienza el interregno.





Un 31 de mayo del año de 1410 fallecía sin descendencia el monarca aragonés Martín I apodado el Humano. Hermano de Juan I e hijo de Pedro IV “el Ceremonioso”, Martín había comenzado su reinado en 1396.
Se abría un periodo convulso, un interregno que se prolongaría hasta 1412. La Corona de Aragón había quedado sin rey, pero a pesar de todo se mantuvo unida. Las instituciones de los distintos territorios habían adquirido la suficiente entidad y madurez política como para mantener la Corona aún sin rey y alcanzar los acuerdos necesarios para la elección de un nuevo soberano. A la muerte de Martín I, rápidamente se convocaron sendos parlamentos en Aragón y Cataluña que decidieron preparar una asamblea conjunta de representantes de los territorios peninsulares de la Corona de Aragón. Esta asamblea debería decidir quién ocupaba el trono. Los dos años de interregno fueron por una parte de acuerdos y “fraternidad” pero por otra de luchas de bandos, conspiraciones y sucesos violentos (en Valencia de auténtica guerra civil). Finalmente en la Concordia de Alcañiz (1412) se decidió elegir a 9 jueces o compromisarios (3 por cada “estado” peninsular de la Corona de Aragón) que se reunieron en Caspe donde el 28 de julio de 1412 proclamaron rey de Aragón a Fernando I de Trastámara, nieto de Pedro IV el Ceremonioso.

lunes, 15 de noviembre de 2010

R. E. F. Y. L.





El jueves 4 de noviembre de 2010 un grupo de estudiantes, miembros del Consejo de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, asiste como invitado a una Junta extraordinaria de la Facultad de Filosofía y Letras. En dicha junta, a la que asiste el sr. Rector, comprobamos de primera mano lo bajo que ha caído la representación estudiantil: de los 14 supuestos representantes de estudiantes que hay en la Junta solo asiste uno (el cual no pidió la palabra hasta que el rector abandonó la sesión). En dicha reunión quienes sí tomamos la palabra, para exponer al Rector la quejas de los estudiantes fuimos nosotros, invitados, que ni siquiera pertenecemos a la Junta de Facultad. ¿Por qué tomamos la palabra? Simplemente para protestar por el estado lamentable del edificio en que estudiamos, para entregarles quejas de los alumnos de Periodismo, de los de Historia etc. Alguien tiene que ser la voz de los estudiantes en la Junta de la Facultad y desde luego los actuales miembros no lo son. Ante esta bochornosa situación, ante la degeneración y el descrédito a la que está llegando la representación estudiantil hemos decidido tomar las riendas de la situación. Si quieres algo hazlo tú mismo.

Así REFYL surge como iniciativa de un grupo de estudiantes sin más pretensión que ser la voz de los estudiantes de Filosofía y Letras, de luchar por ellos, de conseguir mejoras para todos, y para ello necesitamos ocupar un lugar en la Junta de la Facultad.

Somos personas con iniciativa, trabajadoras, decididas, desinteresadas… Somos estudiantes de Filosofía y Letras hartos de la situación actual.

No nos vamos a callar!Queremos ser tu voz! “De brazos cruzados” no se consigue nada.

Nuestra decisión: configurar una lista electoral bajo las siglas R.E.F.Y.L. para presentarnos a las elecciones a representantes de estudiantes a Junta de Facultad de Filosofía y Letras que se celebrarán el próximo jueves 18 de noviembre. No pertenecemos a ningún sindicato de estudiantes, no estamos vinculados con ningún partido político como sí lo están otras organizaciones estudiantiles SOMOS INDEPENDIENTES Y QUEREMOS SER TU VOZ.

La bandera y principal reivindicación que nos une a todos los que estudiamos en Filosofía y Letras es manifestar nuestro malestar respecto a las instalaciones. Somos conscientes de que esto es difícil de conseguir pero nosotros no sabemos rendirnos, y lucharemos en la Junta y donde haga falta para conseguir la reforma de la Facultad de Filosofía y Letras. Y al igual que por esta causa, lucharemos por cualquier otra causa justa, cualquier injusticia que se cometa con los estudiantes, contra cualquier asignatura que sea un despropósito, contra cualquier abuso que se pretenda ejercer sobre los estudiantes.

Queremos ser la voz de los estudiantes de Filosofía y Letras.

http://refyl.wordpress.com/



EL JUEVES 18 DE NOVIEMBRE ELECCIONES A jUNTA DE FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS

jueves, 4 de noviembre de 2010

El anarcosindicalismo en España entre 1931 y 1936

Recensión, realizada por mí, de la primera parte del libro

DE LA CALLE AL FRENTE. EL ANARCOSINDICALISMO EN ESPAÑA (1931 – 1939)

de Julián Casanova

Todo en la Historia es más complejo de lo que puede parecer a simple vista. La CNT, el anarquismo en España, durante la II República y la Guerra Civil, no fue una organización centralizada, ni homogénea, ni masivamente ideologizada, ni con un comportamiento único a lo largo del periodo, ni tuvo tanta fuerza como pueda parecer. La CNT era una confederación de sindicatos heterogéneos que representaban a sectores de trabajadores heterogéneos, de distintos lugares de España, con gran independencia de los sindicatos locales al margen del Comité Nacional que era débil, ideologizados solo parecían estar sus dirigentes mientras que las masas lo que buscaban principalmente eran mejoras de sus condiciones laborales, el comportamiento de la CNT fue variando a lo largo del tiempo, no fue el mismo en 1931 que en 1833 ni en 1936, dentro de la CNT hubo graves disputas internas que la fragmentaron y debilitaron, lo que junto a otros factores (presos, parados, falta de financiación, fracasos y represión…) estuvo a punto de colapsar la organización en 1935. La historia del anarcosindicalismo en España entre 1931 y 1939 es una sucesión de altibajos, de insurrecciones fracasadas, de cambios de rumbo, de escisiones y alianzas. Julio del 36 marca un punto de inflexión, de ruptura con lo anterior, todo cambia. A pesar de las diferencias internas, la CNT, tuvo como horizonte de expectativa la revolución social, aunque entre sus dirigentes hubiera diferencias de cómo y sobre todo cuando realizarla (faístas y trentistas), un rechazo común a la política y el Estado, y como escenario privilegiado de acción la calle. Al menos, esta es la visión que me ha transmitido esta obra de Julián Casanova.
La llegada de la II República permitió a la CNT ocupar de nuevo el espacio público, y esperaba convertir ese cambio político en una revolución social. Los medios para ellos serían la acción directa y la lucha en la calle. Pero en 1931 con un pueblo ilusionado con la República que tenían aún el prestigio intacto, la CNT solo podía esperar a que las esperanzas puestas en la República, que ellos veían como burguesa, quedaran frustradas. Galo Diez decía en junio del 31 que el pueblo español estaba con la República “como niños con zapatos nuevos” y que cuando se desilusionasen, la CNT sería la única esperanza. Existían dos concepciones de “pueblo”, mientras que Azaña lo veía como burgueses medios y obreros, la CNT lo concebía como el proletario organizado por ella.
El primer gobierno republicano integró a 3 socialistas, y mientras Largo Caballero (UGT) estaba en el gobierno, la CNT se echó a la calle, convirtiéndose en un problema de orden público que quedó en manos de la Guardia Civil, la cual gozaba de una gran impopularidad, especialmente entre los campesinos. En palabras de M. Ballbé “los gobiernos republicanos fueron incapaces de adecuar la administración de orden público a los principios del régimen democrático” lo que conllevó una militarización del orden público y una politización de sectores militares. Los primeros sucesos de “desorden” fueron simple manifestaciones respondidas por la Guardia Civil a tiros. Amplios sectores de la CNT tuvieron un complejo de persecución, vieron una “traición socialista” que desde el estado burgués reprimía al proletariado.
El antiparlamentarismo y la acción directa fueron los principios básicos de la CNT, pero a la vez hacían unas reivindicaciones mínimas al gobierno. La CNT vio descender su número de afiliados durante el periodo republicano y no se recuperó hasta 1936. Las principales zonas de influencia de la CNT fueron Cataluña, Andalucía, Aragón y Valencia y, en menor medida, Asturias y País Vasco.
La CNT se fue radicalizando, la FAI se fue haciendo con el control de la misma progresivamente, y se declaró en lucha abierta contra la República burguesa, a poyada por los socialistas, por esa UGT que colaboraba en la represión obrera y que “enchufaba” a los suyos en puestos de trabajo. Había una diferencia entre UGT y CNT en su visión del sindicalismo en los primeros años de la República. La UGT optaba por incluir las relaciones laborales en un marco legal pactado por los contendientes y sancionado por el estado (jurados mixtos) lo que conduciría gradualmente a la emancipación obrera y al socialismo. Esto cambiará a partir de otoño del 33 cuando la el PSOE salga del gobierno y la UGT vuelva a la calle. La CNT, por su parte, eligió la acción directa, sin intermediarios estatales, la calle como escenario de lucha y enfrentamiento con el Estado, y ponía fecha a la revolución con insurrecciones que, terminaban en fracaso. La pugna entre UGT y CNT privó a la República de uno de sus apoyos fundamentales: el de los trabajadores. Además, las clases medias, divididas ante las reformas, tampoco pudieron ser el sostén de la República.
El desempleo creciente daba alas a los sectores anarquistas radicales, el recurso emocional a los “mártires” de la revolución se convirtió en habitual. La CNT fue expresión de un sindicalismo antipolítico de masas que se movilizó en la calle. Había una creencia en el poder revolucionario de la cultura, como se expresó en el congreso de la CNT en Madrid en junio de 1931: “Buenas escuelas y buenos maestros causarían la muerte definitiva del analfabetismo y del caciquismo, estas dos lacras que tienen hundido al pueblo en la mayor infamia”.
El anarcosindicalismo nunca tuvo aliados políticos, no tuvo un partido que canalizase, representara y defendiera sus intereses a través de los mecanismos políticos parlamentarios. CNT era un sindicato sin fondos y tenía que atender a sus cada vez más numerosos presos y desempleados, además su estructura federal convertía al Comité Nacional en una “mera ofician de correspondencia” incapaz de coordinar y organizar a nada ni nadie, sino solo aceptar los hechos consumados que dictaban los sindicatos locales. La propaganda anarquista se basaba en dos periódicos: “Solidaridad –Obrera” y “CNT” (este desde 1932), que pasaban serios problemas de difusión (secuestros) y económicos, pero cuyo control era vital para controlar la CNT.
En 1932 Ángel Pestaña dimitía como secretario general de la CNT, siendo sustituido por Manuel Rivas, de la FAI. En el seno de la CNT había surgido la escisión. El 30 de agosto de 1931, 30 dirigentes de la CNT firmaron un escrito en que manifestaban que había que consolidar la organización y preparar la revolución para cuando se pudiera llevara a cabo. Los firmantes fueron los llamados “trentistas”: Ángel Pestaña, Joan Peiró… Fueron acusados de reformistas y colaboracionistas con el gobierno republicano y expulsados en 1932 de la CNT donde se reintegraron en 1936. En contraposición a estos estaban la FAI, sectores minoritarios (Durruti, García Oliver, Ascaso, Felipe Alaiz…) pero que se hicieron con el control de la CNT. Este sector, más radical, se aglutinó en torno al semanario “Tierra y Libertad” y pretendían hacer la revolución de forma inmediata, prematura, dirigida por unos pocos creyendo que se extendería y triunfaría sola. Luchaba por el comunismo libertario a golpe de intentos insurreccionales, poco preparados y que acaban en fracaso: enero de 1932 Alto Llobregat, 8 de enero 1933 (pueblos catalanes ya aragoneses y Casas Viejas ), 8 de diciembre de 1933 (Aragón y Rioja).
El 11 -12 de enero de 1933 en los sucesos de Casas Viejas (Cádiz) murieron 3 guardias civiles, 8 anarquistas en el incendio de una casa por la Guardia Civil, y 12 personas más asesinadas por la Guardia Civil con posterioridad, además de decenas de detenidos. La CNT con estas insurrecciones lo único que consiguió fueron más mártires. De cara a las elecciones de noviembre del 33, “Solidaridad Obrera” llamó a la abstención con palabras como estas “No hay en todo el reino animal un ser más infeliz y más detestable que el hombre-elector”. El Comité Nacional de CNT se instaló en Zaragoza el 14 de noviembre para preparar una insurrección. El gobernador clausuró sus locales y detuvo a 45 personas el día 8 de diciembre, el 9 se produjeron tiroteos en el centro de la ciudad y un paro general, intervino el ejército y la intentona insurreccional se saldó con 12 muertos, heridos y 400 detenidos. A su vez se dieron insurrecciones en varios pueblos aragoneses como Belver, Beceite, Mas de las Matas, Valderrobres, Alcorisa y algunos riojanos. El patrón insurreccional en los pueblos solía ser: un grupo de anarquistas se apoderan del cuartel de la Guardia Civil y proclaman el comunismo libertario, se detiene a las autoridades y a los ricos, se queman registro y abole la moneda, cuando llegan las fuerzas del orden o huyen o son detenidos rápidamente.
Tres intentos insurreccionales, y tres fracasos en 2 años. La CNT, dirigida por al FAI, vivía momentos críticos a comienzos de 1934. Muy diferentes habían sido los sucesos de 1933 a los de dos años antes en Arnedo. Se había pasado de una protesta obrera típica iniciada con una huelga provocada por unos despidos y en la que participaban un grupo heterogéneo de personas y acababa en cruenta represión; a una serie de insurrecciones que pretendían hacer la revolución sin estar preparados ni organizados, y en la que estaba definido el papel de los instigadores (más de 30 años, militante de la CNT, itinerante) y de los que secundaban la insurrección (joven, jornalero del campo, obrero de la construcción o desempleado, soltero, analfabeto, marginado, soportando duras condiciones laborales y de vida). Una cosa era un huelga con reivindicaciones y otra una insurrección armada, que no había sido el habitual modo de actuación el sindicalismo. Así las cosas en 1934 el panorama cambió. Valeriano Orobón promovió una “alianza de clase”, los socialistas habían salido del gobierno y la UGT volvía a al calle, y la derecha estaba en el gobierno. Se planteaba la posibilidad del frente único revolucionario, pero en la CNT había serias discusiones. Mientras la CNT debatía estas propuestas y qué hacer, los anarcosindicalistas de Asturias, cansados de que la CNT jugara a la revolución cada seis meses, la mejor forma de darle paso al fascio, firmaron a finales de marzo de 1934 un pacto de alianza con la UGT. El 26 de marzo de 1934, UGT y CNT convocaron una huelga general en Zaragoza que se saldó con éxito al firmarse un arreglo con el gobernador y la patronal. Me parece curioso como desde la prensa anarquista se utilizó el mito de Los Sitios en estos sucesos, “Zaragoza Invicta” escribió Federico Montseny.
Tras octubre del 34 la intensidad de las luchas sociales cayó y la CNT quedó al borde del colapso por el paro que castigaba a sus sectores más combativos, por los activistas que tenía presos, por los afiliados que desertaban y los que no pagaban… CNT retornó el camino de intentar volver a la legalidad sindical, abandonando la insurrección y acercándose a otros sindicatos. En enero de 1936 69.621 afiliados y 85 sindicatos reingresaban en al CNT. En la primavera del 36 al CNT se estaba reorganizando, sin renunciar al discurso antipolítico no podían consentir que se repitiera 1933 cuando las derechas llegaran al gobierno.
Julio del 36 supuso una fractura, una ruptura, un cambio de escenario y un cambio de rumbo. Por la fuerza de las armas y no de la calle le llegó el final a la República. La Guerra Civil no fue el fracaso de la República sino el fracaso de un golpe de estado. El estado republicano conservó su legalidad pero sus mecanismos de coerción quedaron colapsados y donde los insurgentes fueron derrotados se abrió un proceso revolucionario
Tras la guerra y con la dictadura franquista, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarcosindicalismo en un túnel del que ya no volvería a salir.

martes, 2 de noviembre de 2010

100 años de la CNT


http://blogs.publico.es/dominiopublico/2622/anarquismo-y-cnt/


"Anarquismo y CNT

JOSÉ LUIS LEDESMA

Tal día como hoy hace un siglo, el día de difuntos de 1910, nació uno de los grandes protagonistas colectivos del siglo XX español. El Congreso Obrero Nacional que se clausuraba esa tarde en Barcelona acordó constituir una federación de ámbito estatal, que habría de denominarse Confederación Nacional del Trabajo. La CNT. Aquel hito no era un parto ex nihilo. A ese congreso envió un mensaje de adhesión un casi septuagenario que arrastraba cuatro décadas de propaganda de “la Idea”, persecuciones e internacionalismo societatario: Anselmo Lorenzo. Entregaba así el testigo que portaba desde la famosa reunión de 1869 con Fanelli, el enviado de Bakunin, que pasa por ser el acta fundacional del anarquismo español.
Anarquismo ibérico y CNT no pueden confundirse sin más. Por un lado, el primero precedía en mucho a la segunda y no se limitaba a ella. Antes y después de 1910, el mundo libertario era un complejo conglomerado en el que, además de sociedades obreras y sindicatos, había otros muchos espacios, como ateneos y escuelas racionalistas, grupos de afinidad y falansterianos, comités de defensa y propresos, periódicos y editoriales, grupos naturistas y nudistas. Pero al mismo tiempo, el anarquismo era menos que la CNT. Si bien en ella estaban casi todos los que eran anarquistas, no lo eran todos los que estaban. Entre los cientos de miles de militantes con que la CNT llegó a contar, la mayoría se afiliaba a ella porque su táctica de la acción directa y autodefensa obrera parecía más eficaz en los conflictos laborales, y se identificaban más con una mezcla de anarquismo difuso y tradición democrático-republicana que con las elucubraciones sobre el comunismo libertario.
Ni siquiera los dirigentes hablaban a una sola voz en clave ácrata. Es posible encontrar una tensión nunca resuelta entre, grosso modo, dos grandes corrientes. De una parte, un anarquismo más individualista y maximalista, que suele identificarse con la FAI, Los solidarios y la familia Montseny, que pretendía dar un contenido “netamente anarquista” a la CNT. Y de otra, uno societario, plasmado en el anarcosindicalismo, que pretendía consolidar las estructuras sindicales y preparar desde ellas la sociedad futura.
Nada de eso implica minimizar la trascendencia del fenómeno. Desde al menos 1917 hasta el final de la Guerra Civil, los anarquistas orientaron la central sindical más poderosa del país, cosa que no ocurrió en ningún otro, e hicieron de ella la organización de inspiración libertaria más importante del mundo. Los historiadores llevan mucho tiempo preguntándose el porqué de esta particularidad española. Se ha interpretado el anarquismo como una forma de rebeldía primitiva y como fruto del atraso socio-económico o se ha aludido a factores culturales e incluso religiosos. Pero eso soslayaba que su principal foco de arraigo –el área de Barcelona– era la zona más industrializada del país. Su éxito fue probablemente el de un ideario y unas prácticas sindicales que se adaptaban bien al Estado ineficaz, represivo y poco integrador de la España de comienzos del siglo XX.
La misma heterogeneidad que lo fracturó de modo recurrente nutrió su arraigo y sus muchos rostros. Ahí está el menos amable, el de los arrojadores de bombas y “reyes de la pistola obrera”, o el de los milicianos justicieros de la Guerra Civil. Alguno de ellos debe de revolverse en su tumba cuando se entiende la memoria como una herencia a beneficio de inventario y se le engloba hoy entre los luchadores por la actual democracia. Pero no fueron los más.
Junto a ellos aparecen otros muchos semblantes sin salpicaduras de sangre: los de individualistas bohemios y organizadores de sindicatos, sesudos escritores utópicos y campesinos sindicados, jóvenes libertarios y milicianas con mono azul. Y los de todos aquellos implicados en los ateneos, escuelas nocturnas y grupos a través de los que se creó una tupida red de ayuda mutua y sociabilidad alternativa a la burguesa y todo un proyecto pedagógico-cultural al margen de Estado. Tal vez sea esa diaria labor de emancipación integral por la cultura, junto a la propia CNT, el mayor haber legado por el anarquismo español.
También a principios de un noviembre, el de 1936, tuvo lugar un hecho sin parangón. Por vez primera en la historia mundial, los anarquistas entraban en un gobierno estatal. En plena Guerra Civil, dos anarquistas puros y dos anarcosindicalistas se incorporaron al gabinete de Largo Caballero. Otro y, para muchos, inicio del ocaso del anarquismo ibérico. La puntilla vendría con la derrota bélica.
Un movimiento tan importante no podía desaparecer de la noche a la mañana, y no lo hizo. Miles de cenetistas siguieron militando y nutrieron la guerrilla antifranquista, la Resistencia francesa, los sindicatos y los comités en la clandestinidad y el exilio. Pero nada volvería a ser lo que fue. El franquismo mandó al paredón a millares de libertarios y aplastó su vasto entramado asociativo. Y si bien pareció resurgir durante la Transición, la sociedad de consumo había laminado sus bases sociales y culturales. Hoy constituyen un movimiento minoritario que mira atrás con nostalgia.
Su historia es de doble derrota, porque son rememorados menos que otros. Pero no pocos de sus valores y demandas de emancipación individual y colectiva, política y social, cultural o sexual son aún retos pendientes recogidos por los nuevos movimientos sociales. Algunos incluso han acabado integrados en los actuales Estados de derecho. Ese es tal vez su legado un siglo después: solo eso, pero nada menos que eso.

José Luis Ledesma es historiador"

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