domingo, 17 de julio de 2011

75 años de la sublevación que condujo a la Guerra Civil

Hace 75 se produjo un fracasado golpe de estado, una sublevación de parte del Ejército que condujo a una terrible Guerra Civil en España. Dejo a continuación un pequeño artículo de Julián Casanova:


Solo en España hubo guerra civil
Por Julián Casanova



En los primeros meses de 1936, la sociedad española estaba muy fragmentada, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Reino Unido, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Esta empezó porque una sublevación militar contra la República quebró la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. Era julio de 1936 y así comenzó la Guerra Civil española.

La Guerra Civil española no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que acabar en una explosión de violencia colectiva. La historia de España no discurrió en esos años al margen de la europea, no fue ajena a las transformaciones sociales, económicas, políticas y culturales vividas en el resto del continente. Casi ningún país europeo resolvió entonces sus conflictos por la vía pacífica.

Entre 1910 y 1931 surgieron en Europa varias repúblicas, regímenes democráticos, o con aspiraciones democráticas, que sustituyeron a monarquías hereditarias establecidas en esos países secularmente. La mayoría de ellas, y algunas muy significativas como la alemana, la austriaca y la checa, se habían instaurado como consecuencia de la derrota en la I Guerra Mundial. La serie había comenzado en Portugal, con el derrocamiento de la monarquía en 1910, y la española fue la última en proclamarse. La única que subsistió como democracia en esos años hasta el estallido de la II Guerra Mundial, fue la de Irlanda, creada en 1922. Todas las demás fueron derribadas por sublevaciones militares contrarrevolucionarias, movimientos autoritarios o fascistas. Pero el golpe militar de julio de 1936 fue el único que causó una guerra civil. Y esa es la diferencia que conviene explicar: por qué hubo una guerra civil en España.

Habrá que comenzar por una afirmación obvia. Sin la sublevación militar de julio de 1936, no habría habido una guerra civil. Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras Repúblicas que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo.


La Guerra Civil se produjo porque el golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del periodo, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil.

La Guerra Civil fue, por consiguiente, producto de una sublevación militar que puede explicarse por la tradición intervencionista del Ejército en la política y por el lugar privilegiado que ocupaba dentro del Estado, cuestionado por la legislación republicana, frente a la cual reaccionó. Ese golpe militar encontró resistencia porque la sociedad española de 1936 no era la de 1923, cuando la sublevación de septiembre de ese año del general Miguel Primo de Rivera se había visto favorecida por la abstención general del ejército, la debilidad del Gobierno, la pasividad de la opinión pública, que no resistió, y, sobre todo, por el consentimiento del rey Alfonso XIII.

En 1936 había en España una república, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos. Frente a un nivel de movilización política y social tan amplio como el inaugurado y creado por el régimen republicano, el golpe de Estado no podía acabar, como tantas veces en la historia de España, en una mera vuelta al orden perdido, apoyado en los valores tradicionales. Si se quería echar la República abajo, se necesitaba una nueva versión, violenta, antidemocrática y antisocialista, creada ya por el fascismo en otros lugares de Europa, que cerrara la crisis y tapara de verdad todas las fracturas abiertas, o agrandadas, por la experiencia republicana

Hasta que llegó la Segunda República en abril de 1931, la sociedad española se mantuvo bastante al margen de las dificultades y trastornos que sacudían a la mayoría de los países europeos desde 1914. España no había participado en la I Guerra Mundial y no sufrió, por tanto, la fuerte conmoción que esa guerra provocó con la caída de los imperios y de sus servidores, la desmovilización de millones de excombatientes y el endeudamiento para pagar las enormes sumas de dinero dedicadas al esfuerzo bélico.

En el continente europeo, tras la I Guerra Mundial, la caída de las monarquías, la crisis económica, el espectro de la revolución y la extensión de los derechos políticos a las masas hicieron que un sector importante de las clases propietarias percibiera la democracia como la puerta de entrada al gobierno del proletariado y de las clases pobres. Temerosos del comunismo, se inclinaron hacia soluciones autoritarias.

Ocurrió además que esos nuevos regímenes parlamentarios y constitucionales se enfrentaron desde el principio a una fragmentación de las lealtades políticas, de tipo nacional, lingüístico, religioso, étnico o de clase, que derivó en un sistema político con muchos partidos y muy débiles. La formación de gobiernos se hizo cada vez más difícil, con coaliciones cambiantes y poco estables. En Alemania ningún partido consiguió una mayoría sólida bajo el sistema de representación proporcional aprobado en la Constitución de Weimar, pero lo mismo puede decirse de Bulgaria, Austria, Checoslovaquia, Polonia o España durante los dos últimos años de la República. La oposición rara vez aceptaba los resultados electorales y la fe en la política parlamentaria, a prueba en esos años de inestabilidad y conflicto, se resquebrajó y llevó a amplios sectores de esas sociedades a buscar alternativas políticas a la democracia.

El fascismo y el comunismo, los dos grandes movimientos surgidos de la Primera Guerra Mundial y que iban a protagonizar dos décadas después la Segunda, apenas tenían arraigo en la sociedad española durante los años de la República y no alcanzaron un protagonismo real y relevante hasta después de iniciada la Guerra Civil.

El fascismo apareció en España más tarde que en otros países, sobre todo si la referencia son Italia y Alemania, y se mantuvo muy débil como movimiento político hasta la primavera de 1936. Durante los primeros años de la República, apenas pudo abrirse camino en un escenario ocupado por la extrema derecha monárquica y por la derechización del catolicismo político. El triunfo de Hitler en Alemania, sin embargo, atrajo el interés de muchos ultraderechistas que, sin saber todavía mucho del fascismo, vieron en el ejemplo de los nazis un buen modelo para acabar con la República. El que iba a ser el principal partido fascista de España, Falange Española, fue fundado por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador, el 29 de octubre de 1933.

También estaba ausente de la sociedad española por esos años el comunismo, la otra gran ideología y movimiento político que salió de la I Guerra Mundial. El Partido Comunista de España (PCE), fundado a comienzos de los años veinte siguiendo los principios esenciales de la Internacional Comunista, llegó a la República con un recorrido corto, comparado con el socialismo y el anarquismo, y con una organización que aglutinaba a unos cuantos centenares de militantes. En las dos primeras elecciones, en junio de 1931 y noviembre de 1933, no consiguió ningún diputado y comenzó a adquirir presencia en la sociedad española por primera vez en 1934 cuando la Komintern cambió su política de “clase contra clase”, de crítica a la democracia burguesa, por la formación de frentes antifascistas. En las elecciones de febrero de 1936, integrado en la coalición del Frente Popular, el PCE obtuvo 17 diputados (de 470 que tenía el parlamento español). No era todavía un partido de masas, pero había roto el aislamiento.

En definitiva, solo gracias a una guerra civil, el comunismo y el fascismo acabaron teniendo una notable influencia en la política y en la sociedad española de los años treinta. Antes de la sublevación militar de julio de 1936, ni fascistas ni comunistas tuvieron fuerza para desestabilizar a la República. En la primavera de ese año, tras las elecciones ganadas por el Frente Popular, la violencia hizo acto de presencia con algunos atentados contra personajes conocidos y los choques directos armados entre grupos políticos de la izquierda y de la derecha plasmaban en la práctica, con resultados sangrientos en ocasiones, los excesos retóricos y la agresividad verbal de algunos dirigentes. Los dos partidos con más presencia en el parlamento, el socialista y la CEDA, tampoco contribuyeron durante esos primeros meses de 1936 a la estabilidad política de la democracia y de la República. La política y la sociedad españolas mostraban signos inequívocos de crisis, lo cual no significaba necesariamente que la única salida fuera una guerra civil.

No hay, en suma, una respuesta simple a la pregunta de por qué del clima de euforia y de esperanza de 1931 se pasó a la guerra cruel y de exterminio de 1936-1939. La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.

Ningún conflicto, protesta social o disturbio ocurrido durante la Segunda República, antes de la sublevación militar de julio de 1936, disponía de la capacidad organizativa y armada para emprender una acción sostenida contra el poder establecido. Las guerras civiles, en la historia, no surgen necesariamente como resultado de situaciones caóticas, que es lo que los sublevados de julio de 1936 y las visiones neofranquistas en la actualidad pretenden demostrar que había en España en la primavera de aquel año.

Mientras las fuerzas armadas defendieron a la República y obedecieron a sus gobiernos, pudo mantenerse el orden y los intentos militares/derechistas o revolucionarios de subvertirlo fracasaron, aunque fuera, como en la revolución de Asturias de octubre de 1934, con un coste alto de sangre. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el seno de sus mecanismos de defensa, los propios militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936.

A partir de ese momento, comenzaron una lucha violenta para conquistar el poder. El destino de España se decidió por las armas. Y el resultado ya lo sabemos. La atormentada vida política y social de la República fue sustituida por una historia de degradación y asesinato en masa. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia de España del siglo XX hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Bastaron tres años para que la sociedad padeciera una oleada de violencia y desprecio por la vida sin precedentes. Y de allí surgió la paz de Franco, el Estado de terror, la continuación del Estado de guerra, un régimen de crimen e intimidación.

Julián Casanova es autor de Europa contra Europa, 1914-1945 (editorial Crítica).

martes, 12 de julio de 2011

Los inicios del feminismo: ss. XVIII - XIX







Los inicios del feminismo: ss. XVIII - XIX
(Texto de la exposición hecha en clase de Historia de los Movimientos Sociales Contemporáneos) Daniel Aquillué Domínguez





“Una mujer puede llegar a la más alta dignidad que se concibe, puede ser madre de Dios (…) pero el hombre que la venera sobre el altar y la implora, la cree indigna de llevar funciones del sacerdocio. (…) Si del orden religioso pasamos al civil, las contradicciones no son de menor bulto. (…) En el mundo oficial se la reconoce aptitud para reina y para estanquera; que pretendiese ocupar los puestos intermedios sería absurdo"
Concepción Arenal, feminista española, 1869*

Este es un fragmento de la obra La mujer del porvenir de Concepción Arenal, una de las pocas feministas que vio el XIX español, junto a Emilia Pardo Bazán. Pero el feminismo surgió unas décadas antes en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos.

Incluso antes existían ya unos precedentes que no podemos obviar y que se conocen como la “Querella de las Mujeres”. Bajo esta denominación se engloba una corriente de pensamiento que defendía los intereses de la mujer y reivindicaba el acceso a la educación como vía fundamental para mejorar la condición de las mujeres. Destacan en este aspecto varias autoras con sus respectivas obras: Cristina de Pisa con La Ciudad de las Damas (1405), Poulan de La Barre con su De la igualdad de los sexos (1673), Mary Astell con su A Serious Proposal to the Ladies (1694), o la zaragozana Josefa Amar de Borbón con sus obras Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1769) e Importancia de la instrucción que conviene dar a las mujeres (1784).


Históricamente los orígenes del feminismo se sitúan en el contexto de la quiebra del Antiguo Régimen con las revoluciones liberales, y de la revolución industrial. Las mujeres tuvieron más difícil compaginar el trabajo doméstico y el remunerado, ya que este es trasladado a la fábrica. Se diferencian entonces claramente dos espacios: uno privado y otro público. En este contexto surge el llamado “discurso de la domesticidad” surgido de la mentalidad liberal-burguesa, al igual que las revoluciones que se están produciendo. Hasta entonces había imperado el concepto aristotélico de la mujer como un ser física, moral y mentalmente inferior al hombre. En el siglo XIX esta concepción pierde vigencia y surge el discurso de la domesticidad basado en que la mujer moralmente superior al hombre. Sensibilidad, subjetividad, amor, religiosidad son características asociadas a la mujer, y que la circunscriben al ámbito doméstico, convirtiéndola en el “ángel del hogar”. Las funciones de la mujer deben ser entonces: cuidar a los hijos y al marido, ya no porque sea un ser inferior sino porque está mejor cualificada para ello. De esta forma quedan delimitadas las funciones y espacios de cada sexo: la mujer queda restringida al espacio privado del hogar por el que debe velar, y el hombre al espacio de lo público. Desde esta mentalidad burguesa este es el prototipo de mujer “natural” y se perciben como mujeres “desnaturalizadas” a las que se salen de estos patrones: por una parte las obreras que descuidan la casa y a los hijos, y por las aristócratas que confían sus hijos a niñeras y ellas se dedican a la vida social y el ocio. Este discurso se consolidó en el siglo XIX y fue contra el que tuvieron que lidiar las primeras feministas.


La pionera del feminismo anglosajón fue Mary Wollstonecraft (1759 – 1797). Su acción se enmarca en la tradición del radicalismo político inglés, siendo colaboradora de la revista The Analitical Review. Proveniente de una familia pobre e inestable fue autodidacta y consiguió independencia económica gracias a diversos trabajos. Esto el permitió escribir dos obras claves para el feminismo.

Por un lado en 1787 publica Reflexiones sobre la educación de las niñas, donde reivindica una educación igualitaria, que no discrimine a las niñas. Wollstonecraft critica la orientación moral de la educación femenina que dirige inevitablemente a las mujeres hacia el matrimonio como único camino, para a continuación criticar el poco aprecio que dedica la pedagogía a las facultades intelectuales de las mujeres.

En 1789 estalla la Revolución al otro lado del Canal de la Mancha, lo que es recibido con alegría por Mary y todo su círculo de radicales que ven en estos acontecimientos el fin de la opresión. Wollstonecraft comparaba el absolutismo con la tiranía ejercida sobre las mujeres en el ámbito doméstico, y acusaba a los maridos de ser con sus esposas como reyes absolutos.

La obra más relevante de Mary Wollstonecraft fue Vindicación de los derechos de la mujer, escrita y publicada en 1792. En esta obra defiende, con un tono apasionado, la igualdad de géneros, lucha contra los prejuicios, exige una educación igual para niños y niñas, reclama el derecho de ciudadanía para la mujer. Critica que se hubiese convertido a las mujeres en “ángeles del hogar” restringiendo todo su cometido social al ámbito familiar. Cree que el acceso a la educación situaría a las mujeres en plano de igualdad respecto a los hombres y, además, potenciaría su independencia económica al permitirles acceder a actividades remuneradas. Sin embargo Mary no concedió importancia al tema del sufragio femenino. Wollstonecraft fue una mujer de su tiempo, de la Ilustración, y lo que vertebra Vindicación es la razón radicalmente ilustrada**, criticando los planteamientos de Rousseau sobre la mujer desde su propio pensamiento rousseauniano. Usa la razón como instrumento crítico contra los prejuicios que impiden la emancipación de las mujeres. Su principal reivindicación, una educación igualitaria, la argumenta en su concepción ilustrada de la naturaleza que afirma la unidad de la especie, esto es, la unidad de los géneros. Por tanto, señala que si ambos géneros tienen los mismos derechos naturales deberán tener los mismos derechos sociales. Para ella, la “mujer natural” de Rousseau es, en realidad, la “mujer social” condicionada por la educación recibida y que la supedita al hombre. No acaba ahí su crítica a Rousseau puesto que si la mujer educa a los futuros ciudadanos ¿cómo puede hacer esto si no posee esa educación? Y por último, si al igualdad es el rasgo fundamental del estado de naturaleza ¿por qué la mujer debe estar sometida al varón?

Mary Wollstonecraft falleció en 1797, a la edad de 38 años, en Londres. Antes había viajado a Francia, donde un año antes de que ella publicara su gran obra Vindicación de los derechos de la mujer, otra pionera del feminismo, Olimpia de Gouges había redactado la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.

El estallido de la Revolución Francesa en 1789 proporcionó un caldo de cultivo, un marco excepcional, en el que se mostraron multitud de ideas, incluidas las feministas. Es cierto que las mujeres habían participado activamente en los conflictos populares preindustriales***, vinculados a motines de subsistencias, y es indudable también su participación en los acontecimientos de la Revolución, pero esta presencia femenina respondía a patrones tradicionales, a la función social de género en la que la madre era defensora de su familia y, por tanto, de los intereses colectivos. En el contexto de la Revolución Francesa surge además una nueva expresión del papel de la mujer, cuando estas, principalmente de clases medias, reclaman el reconocimiento de sus derechos políticos. Ya en 1789, el Cuaderno de Quejas y Reclamaciones de las Mujeres mantenía que ellas eran el “Tercer Estado del Tercer Estado” y exigían educación y trabajo*4. Pero el paradigma de este incipiente feminismo fue Olimpia de Gouges, que al igual que otras mujeres, vio la incoherencia del discurso revolucionario el cual se basaba en la igualdad natural y política pero que excluía las mujeres de esos derechos supuestamente universales.

Olimpia de Gouges (1748 – 1793) fue contemporánea de Mary Wollstonecraft, y al igual que ella, pero en Francia, luchó por la igualdad de la mujer. Denunciaba que la Revolución hubiera negado el reconocimiento de sus derechos políticos a las mujeres para las que reclamaba la ciudadanía. Pretendía equiparar en derechos a mujeres y hombres y, como novedad, reivindicaba el sufragio femenino. Argumentaba que la mujer podía ser condenada igual que un hombre y por tanto debía tener los mismos derechos y oportunidades, por ello exigía el derecho a la libertad, a la propiedad, a ejercer un cargo público… Todo esto los plasmó en su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana publicados en 1791. Esta copiaba a la Declaración de los Derechos del Hombre y Ciudadano de dos años antes. El preámbulo de esta Declaración de los Derechos de la Mujer y Ciudadana comenzaba así:

"Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer (…)"

El 3 de noviembre de 1793 Olimpia de Gouges fue guillotinada por sus ideas girondinas. Los clubs femeninos fueron cerrados y las feministas represaliadas. En 1804 con la promulgación del Código Napoleónico los derechos civiles reconocidos a las mujeres en el periodo revolucionario fueron duramente recortados e impuso el hogar como ámbito exclusivo de la actuación femenina. A pesar de ello, el incipiente feminismo francés sobrevivió y fue extendiéndose. Así pues, en la revolución de febrero de 1848 se vieron grupos armados de mujeres conocidas como las “Vesuvianas” que reclamaban sus derechos políticos, el acceso a la educación, la legalización del divorcio y unas mejores condiciones de trabajo. El feminismo francés se desarrolló intensamente como movimiento organizado a partir de 1860 y, a finales del XIX, era un movimiento de carácter informal, heterogéneo, y con numerosas publicaciones, basado en la defensa de los derechos civiles para las mujeres, el acceso a la educación y al trabajo remunerado.


Mientras en Europa el feminismo iniciaba su camino, al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos surgía un feminismo con características particulares a pesar de recibir influencias del viejo continente. El feminismo norteamericano se consolidó como movimiento rápidamente porque emergió de un contexto distinto, de una realidad aparentemente democrática. Además el analfabetismo femenino era muy minoritario ya a comienzos del siglo XIX, existiendo una amplia capa de mujeres de clase media educadas, las cuales fueron el núcleo del que surgió el primer feminismo americano. Por otra parte muchas de las que después serán feministas comenzaron su activismo luchando por el abolicionismo, contra la esclavitud. Este feminismo se consolidó en sectores que buscaban horizontes profesionales nuevos más allá del trabajo doméstico*5.

En 1840 se celebró en Londres un Congreso Mundial contra la esclavitud donde las delegadas femeninas fueron expulsadas por su condición de mujeres. Pocos años después, en 1848 esas mujeres se reunieron en Seneca Falls para debatir sus problemas y plantear las acciones a tomar. Destacan dos nombres, Elizabeth Cady Stanton (1815 – 1902) y Lucretia Mott (1793 – 1880), que se convertirían en líderes del feminismo estadounidense. En dicha reunión elaboraron el primer documento colectivo del feminismo norteamericano: la Declaración de Seneca Falls, que formulaba una filosofía feminista de la historia*6, reivindicaba la igualdad entre hombres y mujeres, exigía la igualdad de salarios y opciones laborales, libertad, derecho a la propiedad, poder participar en política, igualdad en el matrimonio, se manifestaba contra la doble moral sexual, pedía la eliminación de la “supremacía del varón”, y reivindicaba el sufragio. Esta Declaración se había inspirado en la Declaración de Independencia Norteamericana*7, lo que en teoría le confería cierta legitimidad política.

Unos años después, en 1869 tras aprobarse la concesión del voto a los negros pero no a las mujeres, Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony (1820 – 1906) fundaron la Asociación Nacional Pro-sufragio de la Mujer que se convirtió en un movimiento social de gran amplitud. En el último tercio del XIX no cambiaron las reivindicaciones de las mujeres sino la forma en que estas estuvieron presentes en la sociedad, y eso ocurrió en todo el mundo anglosajón.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX el feminismo en Estados Unidos diversificó sus objetivos, se escindió en dos corrientes. Por una parte surgió un nuevo discurso feminista que defendía las diferencias entre géneros y la aceptación de unos roles femeninos en el hogar, dando a las funciones de madre y esposa un significado feminista. Destacó como dirigente de esta vertiente la sufragista Jane Addams. La diferencia fue planteada como superioridad moral de las mujeres*8, y por tanto estas debían asumir la tutela moral de la sociedad para defender esos valores, moralmente superiores. La mujer debía acceder a la ciudadanía en el papel de madre o esposa, no como mero individuo, y el sufragio debía ser un instrumento de defensa de la familia y los valores tradicionales. En oposición a este nuevo discurso se encontraban Elizabeth Cady Stanton y Charlotte Perkins Gilman (1860 – 1945) que seguían apostando por el discurso igualitario, defendiendo que la mujer era responsable de su destino, y que debía ejercer todas sus facultades sin tener en cuenta las funciones de género que se le atribuían. Charlotte Perkins Gilman escribió Las mujeres y la economía en 1898 donde rechazaba el discurso de la domesticidad y apostaba por el fin del control económico de los hombres. Este sector del feminismo radicalizó sus protestas tras años de oposición ignorada, llegando a montar piquetes ante la Casa Blanca y manifestaciones que fueron reprimidas con dureza. El movimiento sufragista se extendió, sirva como ejemplo la Federación General de Mujeres*9 que en 1910 tenía un millón de afiliadas, pero a pesar de ello el derecho a voto no les fue concedido hasta 1920 (XIX Enmienda de la Constitución de Estados Unidos).


Al igual que en los Estados Unidos, en el Reino Unido el feminismo conoció una gran expansión y también una división en dos corrientes a fines del XIX. El sufragismo británico consideraba inadmisible la discriminación legal que equiparaba a las mujeres con los sectores marginados de delincuentes y dementes*10. El movimiento sufragista era principalmente de clase media pero contaba con el apoyo de las mujeres de clase trabajadora.

Por un lado se encontraba el ala moderada del sufragismo dirigida por Millicent Fawcett (1847 – 1929) y agrupada en torno a la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino, que en 1914 tenía 100.000 afiliadas. Esta asociación se dedicaba a la propaganda política y sus medios de acción eran mítines y campañas de persuasión que tuvieron poco éxito. Por este motivo adquirió fuerza el sector radical del sufragismo.

Emmeline Pankhurst (1858 – 1928) pertenecía a una familia con tradición de agitación radical a favor del sufragio, y en 1903 fundó la Unión Social y Política de Mujeres, una nueva organización sufragista de signo radical. Las hijas de Pankhurst, Christabel y Sylvia, también fueron activas sufragistas. En 1905 Christabel Pankhurst y Annie Kenny, una trabajadora del algodón, acudieron a una reunión del Partido Liberal, en Manchester, donde hicieron una pregunta que se repetiría partir de entonces: “¿Dará el gobierno liberal el voto a las mujeres?”*11. Ambas fueron expulsadas y arrestadas. A partir de entonces las sufragistas comenzaron una serie de acciones violentas como el sabotaje, el incendio de comercios y establecimientos públicos o las agresiones a los domicilios de políticos. En 1910 una concentración de mujeres frente al Parlamento acabó en un enfrentamiento con la policía y con do muertas. En 1912 el Partido Laborista fracasó por solo1 4 votos en su intención de aprobar el sufragio femenino en el Parlamento, ese mismo año la Unión Social y Política de Mujeres fue ilegalizada, teniendo que continuar sus actividades en la clandestinidad. La radicalización de la militancia sufragista generalizó el encarcelamiento de sus activistas, siendo contestada esta represión con numerosas huelgas de hambre por parte de las detenidas. Pethick Lawrence escribía que no entendía al hipocresía de una sociedad que afirmaba que el lugar de la mujer era su casa mientras que permitía que la dejara por la cárcel, pero no para hacer leyes*12. La conflictividad provocada por el sufragio femenino se convirtió a comienzos del siglo XX en una cuestión política y social de primer orden.

Como señala Sheila Rowotham “las tácticas de la Unión habían completado un círculo: de ser un movimiento destinado a persuadir al nuevo Partido Laborista a que apoyase el voto, se había convertido en una organización clandestina cuyo objetivo era la propaganda por el hecho (…) dirigiendo sus acciones a conseguir la división de la clase dirigente masculina”.

Finalmente en 1928, el voto les fue concedido a las mujeres en igualdad a los hombres. El voto femenino había sido una reivindicación radical desde la mentalidad decimonónica, sobre todo porque se percibía como una amenaza a la familia y al orden social establecido.

He comenzado la exposición con una cita de una española y acabaré hablando brevemente del feminismo en España. El feminismo español fue de índole social y se centro sobre todo en la reivindicación a una mejor educación para las mujeres y al derecho al trabajo. El sufragismo y los derechos políticos quedaron relegados, debido en parte a la situación política que ni tan siquiera garantizó en buena parte del XIX el sufragio universal masculino*13. A mediados del siglo XIX destacan unas escritoras gaditanas, Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis, que defendían la igualdad entre hombres y mujeres a través de la revista El Pensil de Iberia. Desde posiciones anticlericales, la catalana Ángeles López de Ayala defendió a fines de siglo la emancipación de la mujer.

Sin embargo las más destacadas feministas fueron Concepción Arenal (1820 – 1893) y Emilia Pardo Bazán. Estas denunciaron la situación en que se hallaban las mujeres y defendieron su emancipación, reivindicando el acceso a la educación, al trabajo, y la posibilidad a una vida independiente. Concepción Arenal escribió La mujer del porvenir en 1869 y Emilia Pardo Bazán La España Moderna en 1890, obras donde defendían sus ideas sobre la mujer.

El feminismo español del XIX estuvo orientado a cuestiones sociales y no políticas, consiguiendo sus mayores logros en el terreno de la educación. En 1910 las mujeres consiguieron acceder a los estudios universitarios en España. Las reivindicaciones feministas de índole política se darían ene el siglo XX con personajes como Clara Campoamor.


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* Citado en JAGOE, Cátherine, BLANCO, Alda y ENRIQUEZ DE SALAMANCA, Cristina, La mujer en los discursos de género. Textos y contextos en el siglo XIX, Icaria Antrazyt, Barcelona, 1998.

**COBO BEDIA, Rosa, “Mary Wollstonecraft: un caso de feminismo ilustrado”, Reis, 48, pp. 213 -217.

*** Como demuestra George Rudé en su obra La multitud en la historia.

*4 NASH, Mary y TAVERA, Susanna, Experiencias desiguales: conflictos sociales y respuestas colectivas (siglo XIX), Síntesis, Madrid, 1994.

*5 NASH, Mary y TAVERA, Susanna, Experiencias desiguales: conflictos sociales y respuestas colectivas (siglo XIX), Síntesis, Madrid, 1994.

*6 Un ejemplo es la Biblia de las mujeres escrita por Elizabeth Cady Stanton.

*7 Al igual que Olimpia de Gouges se había inspirado en la Declaración de Derechos del Hombre para su Declaración de Derechos de la Mujer.

*8 Coincidiendo en este aspecto con el discurso de la domesticidad.

*9 Fundada en la década de 1890, tenía un programa basado en conseguir el bienestar social.

*10 NASH, Mary y TAVERA, Susanna, Experiencias desiguales: conflictos sociales y respuestas colectivas (siglo XIX), Síntesis, Madrid, 1994, p. 111.

*11 ROWOTHAM, Sheila, La mujer ignorada por la historia, Debate, Madrid, 1980, p. 108

*12 Ibídem, p. 116.

*13 Sufragio universal masculino en 1812 – 14, 1820 -23, 1836 – 37, 1868 – 74, y definitivamente a partir de 1890.

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BIBLIOGRAFÍA

COBO BEDIA, Rosa, “Mary Wollstonecraft: un caso de feminismo ilustrado”, Reis, 48, pp. 213 -217.
JAGOE, Cátherine, BLANCO, Alda y ENRIQUEZ DE SALAMANCA, Cristina, La mujer en los discursos de género. Textos y contextos en el siglo XIX, Icaria Antrazyt, Barcelona, 1998.
NASH, Mary y TAVERA, Susanna, Experiencias desiguales: conflictos sociales y respuestas colectivas (siglo XIX), Síntesis, Madrid, 1994.
ROWOTHAM, Sheila, La mujer ignorada por la historia, Debate, Madrid, 1980.