jueves, 28 de junio de 2012

JUEGO DE TRONOS: 1410 - 1412





Un rey muerto sin claro sucesor, dos grandes candidatos al trono, una Corona y varios reinos, guerras civiles, luchas de facciones, asesinatos, parlamentos, concordias… y una compromiso. Y no, no estoy hablando de Lannisters y Starks, ni de Westeros, no es ficción es Historia, un periodo de la Historia de la Corona de Aragón. Es la Historia de un Interregno solucionado con un Compromiso
En 1396 comenzaba su reinado Martín I “el Humano”. Bajo su dominio se encontraban los reinos de Aragón,  Valencia, Mallorca, Sicilia, Córcega y Cerdeña, y el condado de Barcelona. Durante ese periodo se fueron acumulando tensiones (luchas de bandos urbanos en Valencia, nobiliares en Aragón, bandolerismo rural…) que estallaron con fuerza en 1410.
Y es que el 31 de mayo de 1410 moría el rey sin sucesor. El trono de una Corona de gran relevancia quedaba vacante. ¿Quién debía ocuparlo? Se encargaron de dirimirlo las instituciones de los diversos entes políticos que componían la Corona de Aragón. Existían una serie de instituciones que se habían ido fortaleciendo, creándose una estructura política capaz de mantener unida a la Corona durante los dos años que se prolongó el Interregno.
El camino no fue fácil. En la ciudad de Valencia se desencadenó una encarnizadísima lucha entre dos facciones, lucha que derivó en guerra civil por gran parte del Reino. En Aragón, los bandos nobiliarios de los Urrea y los Luna estaban enfrentados. La calma a duras penas se mantenía en la cabeza del Reino. El bandolerismo rural se acrecentaba por momentos. El arzobispo de Zaragoza, García Fernández de Heredia, acabó asesinado en una emboscada en las cercanías de la Almunia de Doña Godina. Y por si este polvorín lo fuera poco, desde de Cataluña, Jaime de Urgell estaba determinado a reclamar sus derechos sucesorios por medio de las armas.
Y a pesar de todo, la Corona de Aragón no estalló en mil pedazos. A pesar de todo, se encontró un rey legítimo. Ello fue posible gracias a la actuación de los parlamentos (reunión de los tres brazos, cuatro en Aragón, esto es: nobleza, clero, ciudades; unas Cortes sin rey) de los tres principales territorios de la Corona. El parlamento aragonés llevó la iniciativa reuniéndose en Calatayud, y proponiendo un acuerdo con los parlamentos de Valencia y Cataluña. Finalmente el 15 de febrero de 1412 en la Concordia de Alcañiz se acordó  la solución.
En Caspe se reunieron 9 compromisarios, 3 aragoneses (Domingo Ram, Francisco de Aranda, Berenguer de Bardají), 3 catalanes (Pedro de Sagarriga, Bernardo de Gualbes, Guillem de Vallseca) y 3 valencianos (Bonifacio Ferrer, Vicente Ferrer, Ginés Rabassa). Debía acordar a quién le correspondía el trono. Para ello era necesario contar al menos con 6 votos, de los cuales al menos 1 fuera de cada territorio representado. El 28 de junio de 1412, sin votos en contra, y con el voto favorable de los tres aragoneses, dos valencianos y un catalán, Fernando de Antequera se convirtió en Fernando I. monarca de la Corona de Aragón. Si bien es cierto que el poder político, económico y militar, junto con el prestigio acumulado facilitaron la designación final de Fernando de Antequera como rey, este tenía legítimos derechos a su favor. La dinastía Trastámara quedaba sentada en el trono aragonés. 

Discurso que di en el fin de carrera


“Si no saben que”… soy un ‘pesao’ con los discursitos tienen un serio problema. “Si no saben que…”, una de las frases que escuchamos aquél ya lejano lunes de septiembre de 2007… y con la que Sopeña nos  “atemorizó”. Eso sí, creo que a ninguno se nos olvidará en la vida que en la bandera del Líbano el árbol que aparece es un cedro.
Mucho ha llovido desde entonces. Hemos superado shocks colectivos como el 5 de Pablo en Antigua II, combatido como una piña contra injusticias en asignaturas mal organizadas o mal impartidas, y más recientemente superado duros exámenes echándole imaginación. Os admiro, admiro a esta clase, la elogio por su cohesión, su comprensión, su compañerismo, su valor, su constancia y su ética.
He mencionado sucintamente algunos malos momentos de estos casi 5 años, pero prefiero quedarme los buenos momentos que son muchos y variados. ¿Por cuál de ellos comenzar? ¿Cuál de ellos recordar? Clases, profesores, conferencias y excavaciones, viajes y fiestas. Carmen Frías contándonos con fervor revolucionario propio de  una sans-culotte la muerte de Luis XVI, Pina Polo hablándonos de Schulten y sus tartesios que no existen, son los fenicios… Aquella cena de fin de curso de 2º a la que asistieron Valero, Utrilla y Cenarro ¿os acordáis? Fue en ella cuando descubrimos el talento monologuista de Pilar Dueso... que qué peligro tuvo desde entonces. En 3º descubrimos que se puede tener “moriscofilia” y que rezar a Dexileos, uno de los cinco jinetes, antes de un examen de Epigrafía puede surtir efecto. En 4º aprendimos que los encomenderos se resistían “como gato panza arriba” a las Leyes de Indias o que la Guerra Fría era una gran paranoia ruso-americana. Y en 5º Carmina nos ha redescubierto la Edad Media a muchos… consiguiendo que Ysabel de la Cavallería sea casi de la familia.
No sólo hemos compartido clases, cursos y congresos, horas de estudio y trabajos,  de cafetería y fiestas, también hemos recorrido la Historia con viajes. Desde aquél precioso viaje plagado de anécdotas a Córdoba, Granada y Toledo en diciembre de 2008, a la visita a Recópolis meses después, Tarragona con Beltrán en diciembre del 2009, Madrid en febrero del 2010 o Teruel y Belchite en mayo de ese mismo año. De Granada recuerdo el plan de Joaquín y compañía para tomar la Alhambra y de Toledo al profesor Sebastián Valero discutiendo con una beata en una iglesia. De Recópolis a todos se nos quedó grabada la graciosa imagen de Consuelo tomando el sol en el yacimiento, y de Madrid, aunque fuimos menos, nunca podremos olvidar a Gregorio Colás exclamándonos al entrar en el Palacio Real “¡Sentid el poder absoluto de la Monarquía!”. Largos recorridos, al igual que el trayecto que hemos transitado nosotros desde 2007.
Personalmente, Historia se me ha hecho corta. Parece que fue ayer cuando Sandra Blasco me puso el mote de “Calimero de primera fila” y cuando excavando en agosto de 2008 en Labitolosa me llamaron “Palafox”. Ahora soy ese friki pesao que os da la chapa en cuanto tiene ocasión, prueba patente de ello es este discurso.  Tranquilos, acabaré pronto, y además no voy a citar todos mis cargos en Filosofía y Letras y eso que sabéis que me gusta  decirlos porque como dice una amiga, soy una “esponjilla de poder”.
La Facultad es un lugar ruinoso en su estructura pero brillante y jarto por las personas que en ella hay. A la espera de la reforma, esperemos que no se derrumbe sobre nuestras cabezas… como parece ser el sueño de Mazo para así excavar el derrumbe. De todos sus rincones yo me quedo con esa mesa, “La Mesa” en la que junto a Belén, Miriam, Cris, Sandra… y mucha más gente he pasado horas de charla y estudio, de risas y lloros, momentos esperpénticos y no sé cuántas cosas más.
Yo sin Historia no soy nada, nadie. No me explico sin Historia, sin lo que esta carrera me ha aportado, sin lo que vosotros me habéis aportado, aguantado, apoyado, ayudado. En esta cena me falta gente. Gente que ha abandonado la carrera, gente que no ha podido o querido venir… De esos solo diré que, a esos dos jartos de Logroño ya les vale no haber venido, que uno de ellos ha sido “cónsul” de esta clase, o por ejemplo Mol que está “haciendo las Américas”.
Estamos en crisis, no sé si peor que la del siglo IV, la del XIV, la del XVII o  la del 29, pero si de esas consiguieron salir, de esta también. El futuro nos es tan negro como queramos pintarlo. La voluntad es más fuerte que el destino. Cada uno de los miembros de esta clase confío en que podamos lograr nuestros sueños, y si no, al menos espero recordéis estos años como un tiempo de felicidad y, espero que una vez acabada la Licenciatura no nos olvidemos unos de otros porque esta clase ha brillado por su compañerismo. Yo me he sentido muy a gusto estos años con vosotros, de verdad.
Y más menos, menos más, como diría cierta profesora que todos conocéis, he dicho algunas cosas, me dejo otras muchas. Gracias a todos. Y recordad, siempre nos quedará la Historia… y la comunidad historiográfica. 

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Daniel Aquillué

miércoles, 20 de junio de 2012

Estudiar Historia

Más de una vez me han preguntado "¿Cómo eres capaz de emocionarte con todo lo que estudias?" Sean los movimientos populares en la Revolución Francesa, esos tartessios que no existen, la política fiscal de los Austrias, inscripciones epigráficas griegas de un tal "Dexileos", la independencia del Río de la Plata, la concepción medieval del amor, la Guerra Fría, el uso y abuso de la memoria, las mercaderas bajomedievales en Aragón, los discursos del liberalismo decimonónico, el milenarismo del XVI, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón o la labor historiográfica de Mommsen... La respuesta es simple y siempre la misma: porque es Historia.

miércoles, 13 de junio de 2012

Juan Carlos I: De "Juanito" a rey de España (Daniel Aquillué)


 Texto de la exposición realizada en clase de "Historia de España Actual: Franquismo y Transición" (Prof. Julián Casanova). Es la primera parte de un trabajo más amplio realizado con tres compañeras (Irene C., Sandra B. y Pilar R.):



Tratamiento historiográfico de la figura de Juan Carlos

Juan Carlos I, Rey de España. La visión transmitida sobre el monarca por los medios de comunicación en las últimas cuatro décadas es claramente una construcción a posteriori, la del mito de la Monarquía democrática desde sus orígenes y salvadora de la Democracia en 1981. Si bien es cierto por el contrario, que toda esa percepción mitificada parece estar disolviéndose cual azucarillo en agua en los últimos tiempos.
Pero, realmente si vamos a los trabajos realizados por la comunidad historiográfica ¿cuál es la imagen que transmiten de nuestro actual monarca y su papel en la Transición? Esto es lo que he intentado ver a través de distintas publicaciones, tanto de historiadores españoles como hispanistas.
Cuatro son los principales autores que han tratado este tema: Paul Preston, Charles Powell, Javier Tusell, y Ferrán Gallego. Ciertamente pensaba encontrarme distintos puntos de vista, pero lo cierto es que todos los citados autores coinciden en ensalzar la figura del rey en mayor o menor medida, afianzando una visión “pro juancarlista”. En la farragosa biografía realizada por Tusell Juan Carlos I. La restauración de la monarquía deja claro que Juan Carlos creía desde el principio en los planteamientos democráticos. Charles Powell incide en su obra El piloto del cambio. El rey, la Monarquía y la transición a la democracia en que Juan Carlos fue fundamental para la transición y consolidación de la democracia desde arriba, sin rupturas, dándole una “legitimidad retrospectiva”, siendo un auténtico “piloto del cambio”. Paul Preston, ya conocido por su exhaustiva biografía de Franco, dedica un libro a Juan Carlos. El rey de un pueblo donde repasa a la vida del rey haciendo casi más que una biografía una hagiografía, señalando que al rey se le ha de reconocer además de su importante papel en la Transición, todos los sacrificios que ha hecho en su vida por una España democrática, especialmente cuando siendo un niño de 10 años fue abandonado por su familia para ser sometido a una dura educación y una agobiante vigilancia que se prolongó por lo menso hasta 1969, y continuas humillaciones. Preston concluye tajantemente en esta apología diciendo que “Para Juan Carlos al menos, “vivir como un rey” ha significado sacrificio y dedicación en un grado tal que ha dotado a la monarquía de una legitimidad impensable”. Por último, la obra de Ferrán Gallego, El mito de la transición: la crisis del franquismo y la crisis de la democracia (1973- 1977), quizás la única algo más disonante, algo más crítica que las anteriormente señaladas, viene a decir que Juan Carlos trabajaba mas por si mismo que en por una democracia amplia.


Juan Carlos, Príncipe de España, y la instauración de la Monarquía

En agosto de 1947 a bordo del “Azor” se reunían el Caudillo de España, Francisco Franco, y el eterno pretendiente al trono de España, Don Juan de Borbón. El asunto a tratar era el futuro de un joven Juan Carlos y de una España constituida en Reino sin rey mientras viviese el Caudillo.
A raíz de lo acordado en aquella reunión, Juan Carlos, de diez años, fue enviado a estudiar en España, bajo la atenta mirada del régimen franquista. En un colegio en las Jarillas, a 17km de Madrid, comenzó a cursar en 1948 sus estudios junto a 8 alumnos escogidos y la supervisión de un grupo de preceptores, entre los que destacan José Garrido Casanova y Heliodoro Ruiz Arias. Garrido señaló que “este niño al que solo se le hablaba de deberes y responsabilidades”. Y es que en Estoril importaba más el futuro de la monarquía que aquel niño que entre 1950 y 1955 estudiaría en el colegio en Miramar para, en 1955, ingresar en la Academia General Militar de Zaragoza. Allí permanecería dos años siendo profesores suyos Carlos Martínez Campos y Alfonso Armada. En 1958 pasaría a estudiar en la Universidad Central, destacando su profesor de Derecho Político Torcuato Fernández Miranda. En todo este tiempo entre 1948 y 1960, el joven príncipe solo tuvo contacto con Franco en tres ocasiones. Durante estos años Juanito despertó las hostilidades de falangistas y carlistas, viviendo agrios momentos. Pero si don Juan Carlos estaba en España era porque Franco quería una monarquía entregada a él.
Y es que la monarquía llevaba años de exilio y aún no se sabía responder a la pregunta de ¿y después de franco quién? Y menos ¿qué? Se podría decir que existían a partir de 1947 “dos monarquías”, la monarquía de Estoril representada por Don Juan y la Monarquía de las Leyes Fundamentales establecida en 1947. La primera mantuvo tensas relaciones con las decisiones de la segunda. Tres hitos, tres puntos de no retorno (o sí, si Franco lo hubiese querido) jalonan el camino de Juan Carlos al trono, a contestar ese intrigante futuro tras la desaparición de Franco. Estos tres pasos son: la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947, el nombramiento de Juan Carlos como Príncipe de España y sucesor el 22 de julio de 1969, y su promulgación como rey el 22 de noviembre de 1975. Estos son los tres acontecimientos en los que me voy a centrar a continuación.
En primer lugar, la Ley de Sucesión del 9 de junio de 1947. En dicha ley España se constituía como Reino si bien, sin rey. Esto respondía vagamente a después de Franco ¿qué? Sí, una monarquía pero ¿con qué rey? Y ¿cómo? El primer artículo decía “España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino”. En el artículo sexto se señalaba que “el Jefe del estado (o sea, Franco) podrá proponer a las Cortes la persona que estime deba ser llamada en su día a sucederla, a título de Rey o de Regente con las condiciones exigidas por esta ley”. Pero el centro de la cuestión se encontraba en el artículo noveno decía los requisitos necesarios para ser sucesor “Para ejercer la Jefatura del Estado como Rey o Regente se requerirá ser varón y español, haber cumplido la edad de treinta años, profesar la religión católica (…) y jurar las Leyes fundamentales, así como lealtad a los principios que forman el movimiento Nacional”. Franco tardaría, para angustia de muchos, 22 años en nombrar sucesor.
Segundo hito, el nombramiento de Juan Carlos como sucesor. El 22 de julio de 1969 por fin se desveló el interrogante ¿después de Franco quién? Una vez finalizados sus estudios académicos y militares, Juan Carlos había contraído matrimonio con Sofía de Grecia en 1962. Poco después se habían trasladado al palacio de la Zarzuela donde estuvieron sometidos a una absoluta vigilancia. Bien, en esta situación, entre dimes y diretes en la Zarzuela, Estoril y el Pardo, Franco se dignó a nombrar un sucesor. Aun así, el Caudillo siguió utilizando a Alfonso de Borbón y Dampierre, primo de Juan Carlos, como as escondido bajo la manga, recordando (amenazando) con que tenía otro candidato al trono. La llegada a la vicepresidencia del gobierno en 1967 de Carrero Blanco favoreció la toma de decisión del Generalísimo. Así pues el 12 de julio de 1969, Juan Carlos, llamado al Pardo, fue informado de su elección como sucesor. Tenía que aceptar o no en el momento. Y lo que estaba en juego era la restauración de la monarquía y como dijo el propio Juan Carlos a su padre “si no yo, ni tú ni yo”. Y es que este nombramiento no sentó nada bien en Estoril, donde don juan aún tenía esperanzas y no concebía esa aberración que suponía el salto dinástico. Tras la entrevista con Franco, Juan Carlos se apresuró a escribir a su padre en el siguiente tono “Queridísimo papá [este juancar siempre tan campechano]: acabo de volver de El Pardo a donde he sido llamado por el Generalísimo (…) El momento que tantas veces te había repetido que podía llegar, ha llegado y comprenderás mi enorme impresión a comunicarme su decisión de proponerme a las Cortes como sucesor a título de Rey. Me resulta dificilísimo expresarte la preocupación que tengo en estos momentos (…) me obligan como español y como miembro de la Dinastía a hacer el mayor sacrificio de mi vida, y cumpliendo un deber de conciencia y realizando con ello lo que creo es un servicio a la patria, aceptar el nombramiento para que vuelva a España la Monarquía”. En la sesión de Cortes del 22 de julio de 1969 Juan Carlos fue nombrado sucesor por 491 votos a favor, 20 en contra y 9 abstenciones. No fue nombrado como Príncipe de Asturias sino como Príncipe de España. Y es que como dejó bien claro Franco, se trataba de una “instauración” de la monarquía, de la monarquía de las Leyes Fundamentales, de su monarquía. Si hubiese querido restaurar la monarquía parlamentaria hubiese elegido a don Juan. Al día siguiente el ya Príncipe de España juró lealtad al Jefe del Estado, a los principios del Movimiento y a las Leyes Fundamentales.
A partir de su designación por voluntad del Caudillo, el Príncipe hubo de moverse en un difícil equilibrio entre las “familias” del régimen, y vigilando a una influyente “camarilla de El Pardo” que pretendía no ponerle las cosas nada fáciles. Además, la oposición consideraba a Juan Carlos un “príncipe de opereta” doblegado al franquismo, que le ignoraba en la toma de cualquier decisión. El 20 de diciembre moría Carrero Blanco. Este acontecimiento por una parte eliminaba a uno de quienes había apoyado la candidatura de Juan Carlos y daba alas a la camarilla del Pardo, peor por otra parte la desaparición de Carrero suponía la desaparición de posibles futuras limitaciones a la acción del futuro rey. Así se llegó al tercer hito. Una vez muerto Franco, con su cadáver aún insepulto, el Príncipe de España se convirtió en Juan Carlos I. Pero aún nadie sabía que iba a pasar. Un rey designado por Franco ¿y ahora qué? Desde las distintas posiciones políticas se esperaba expectante el primer mensaje del nuevo rey únicamente legitimado por un Franco salido del 18 de Julio. Juan Carlos quería distanciarse del régimen pero no quería contravenir la legitimidad franquista, su legitimidad. ¿Qué pretendía realmente el rey? Según la mayoría de autores una reforma desde arriba, de la ley a la ley, con la democracia como objetivo final. Pero su discurso de proclamación de 22 de noviembre de 1975 no dejó nada claro, apenas tranquilizó al búnker y apenas mantuvo las esperanzas de la oposición. Antes las Cortes, con uniforme de Capitán general, leyó su primer discurso como rey: comenzó con respetuosas alusiones a Franco, hizo saber que comenzaba una nueva época declarando que la monarquía incluía a todos los españoles, llamó al consenso nacional, reconoció las enseñanzas de su padre, y omitió toda referencia al 18 de Julio pero también a la democracia. El discurso, ambiguo, lo único que dejaba claro realmente era que la monarquía era el único instrumento institucional capaz de superar las condiciones heredadas de la guerra. A posteriori todos parecen coincidir en que el rey ya anunciaba la llegada de la democracia, pero entonces con el cadáver aún insepulto del dictador, no estaba nada claro…

BIBLIOGRAFÍA

PALACIO ATARD, Vicente, Juan Carlos I y el advenimiento de la democracia, Espasa Calpe, Madrid, 1989.
TUSELL, Javier, Juan Carlos I. La restauración de la monarquía, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1985.
PRESTON, Paul, Juan Carlos. El Rey de un Pueblo, Plaza Janes, Madrid, 2003.
POWELL, Charles T. El piloto del cambio. El rey, la Monarquía y la transición a la democracia, Editorial Planeta, Barcelona, 1991.