viernes, 20 de diciembre de 2013

Juan de Lanuza... en 1836.


Ejecución del Justicia de Aragón. Juan de Lanuza. Mariano Barbasán (1891)

Decapitado por orden de Felipe II de Castilla, Aragón etc. un 20 de diciembre de 1591, el Justicia de Aragón se convirtió en símbolo del liberalismo español. Aquella institución feudal fue reconvertida en el imaginario decimonónico en un luchador por los derechos y mártir de la Libertad. Figura usado públicamente como mito movilizador, especialmente por los progresistas, en el marco de la revolución de agosto de 1836 en Zaragoza se representó una obra teatral referida al Justicia. 


"Nada más propio para el día que resuenan los vivas a la sabia Constitucion, que una función patriótica, y entre todas de esta clase, ninguna más análoga que la tragedia en 5 actos LANUZA.
Cerca de trescientos años hace que la invicta Zaragoza, por sostener sus fueros y derechos, se alzó contra la tiranía del Rey Felipe 2º, llevando a su frente al Justicia Mayor D. Juan de Lanuza, quien pereció víctima de la traición sobre un cadalso, en la plaza pública, llamada ahora de la Justicia. Hoy, que pronunciando el voto de libertad ó muerte, se encuentra decidido á sostenerlo hasta el último trance del modo que entonces lo hizo, justo parece recordarle su antiguo valor, y ofrecerle a la vista la imagen de aquél mártir de la Patria, para que animados sus actuales defensores con su glorioso ejemplo, prefieran mas bien la muerte que la oprobiosa cadena del despotismo. Al representar el personaje de Lanuza el Sr. Montaño esperimentará la mayor satisfacción si consigue acrecentar en los corazones aragoneses el santo amor a la libertad que ardía en el pecho de aquel héroe, cuya gloriosa sombra hoy preside desde la mansión de los justos el sublime pronunciamiento que acabará de una vez en España con la tiranía de sus opresores"[1].



[1] Diario Constitucional de Zaragoza, 15 de agosto de 1836, núm. 228.


---

Daniel Aquillué. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

“Rodea el Congreso”… versión 1840.



Que el sistema isabelino (1833-1868) fue oligárquico por ley y caciquil por la práctica es algo patente[1] pero lo que ocurrió en las elecciones de enero de 1840 fue un fraude tan escandalosamente bochornoso que precipitó un brutal choque entre moderados y progresistas, miembros de la familia liberal –posnapoleónica- ambos, sí, pero con proyectos para el estado-nación, la sociedad y visiones históricas distintas. Mientras que el progresismo tenía una visión de la esfera pública abierta y con una participación ciudadana -si bien “tutelada”-, el moderantismo quería poner un dique a todo ello, restringir la esfera pública y la participación ciudadana con una serie de leyes que daban un giro totalmente doctrinario y conservador al estado liberal español: ley de ayuntamientos –centralista, jerárquica, antipopular-, limitaciones a la libertad de imprenta, ley electoral –restringir mucho más el censo-…[2]
El enfrentamiento definitivo llegaría con el verano revolucionario de 1840[3], suponiendo la caída del gobierno moderado y el cambio de regencia –María Cristina de Borbón por Espartero, ganado para la causa del “pueblo”- pero antes hubo varios episodios conflictivos. El que da título a este texto tuvo lugar a inicios de año. Las Cortes de 1839, resultado de unas elecciones bajo el gobierno del moderado Pérez de Castro, habían arrojado una mayoría de diputados progresistas que, una vez firmado el Convenio de Vergara y aprobada la Ley de Fueros, resultaron beligerantes con los proyectos moderados presentados por el ejecutivo. Este, dirigido por Pérez de Castro, con el apoyo de la Corona temerosa de la revolución, disolvió las Cortes progresistas de 1839 y convocó nuevas elecciones. Contando solo con la confianza de la Monarquía un gobierno no se podía sostener, debía tener la confianza del parlamento, esto es, una doble confianza, al menos según la lógica del sistema representativo del liberalismo de la época. Por ello, los moderados prepararon a  conciencia las elecciones de enero de 1840 ¡y tanto que las prepararon! ¡con un fraude electoral nunca visto y se hizo intolerable! Aumentaron el censo en 80.000 personas con respecto a la convocatoria de unos meses atrás, la mayoría procedentes del ámbito rural, sepultando el voto urbano favorable a los progresistas, desterraron secretarios de los ayuntamientos y diputaciones –esto era “habitual”-, cambiaron los jefes políticos por adeptos que no dudaron en usar la fuerza armada en las mesas electorales etc. El resultado, previsible, los progresistas fueron barridos del Congreso, quedando este con una aplastante mayoría moderada.
Los progresistas denunciaron el fraude y dieron batalla parlamentaria. Pero la cosa no quedó ahí, la avalancha moderada parecía iba  a acabar con todo y tras 7 años de guerra civil y varios procesos revolucionarios, los progresistas no estaban dispuestos a rendirse a esas alturas. Durante el 23 de febrero de 1840, la minoría progresista defendía la impugnación de las actas en el Congreso. El ala radical del progresismo, que integraba el ayuntamiento de Madrid, asistía a la discusión desde la tribuna  pública del parlamento, aplaudiendo  los suyos y abucheando a los contrarios. El ambiente se fue caldeando y de las palabras se pasó directamente a los insultos a los diputados moderados. El presidente de la Cámara aquella tarde del 23 de febrero  ordenó, finalmente, desalojar la tribuna, algo inédito, que no había sucedido en la historia parlamentaria española. El tumulto se trasladó al exterior del parlamento. A su salida, los moderados fueron abucheados, el Conde de Toreno fue perseguido hasta su domicilio e increpado allí mismo. El Ministerio de Pérez de Castro decidió esa noche reforzar la seguridad.
Sin embargo, al día siguiente continuó la escalada de tensiones. Cuando el diputado progresista Joaquín María López tomó la palabra un coro de vítores y aplausos se oyó en la cámara baja. Tras eso, los que se encontraban en la tribuna salieron a las puertas del hemiciclo para reunirse con el grupo de progresistas que llevaban reunidos allí desde por la mañana. Unas 150 personas se congregaban dando gritos en las inmediaciones del Congreso de los Diputados. Frente a ellas la guardia del Congreso que formó armas en mano en las mismas puertas. Poco después llegó el gobernador militar y el jefe político provincial,  el general Isidro y el brigadier Puig, que fueron recibidos por los amotinados con gritos y abucheos, y, en vez de poner orden, se retiraron al interior del edificio, ante los reproches gubernamentales por su inacción. Los amotinados convirtieron así su frustrado asalto en un asedio al Congreso. Este concluyó cuando el gobierno moderado llamó al Ejército. Cuando el Capitán General de Castilla la Nueva, González Villalobos, apareció en las inmediaciones fue recibió por la multitud con una lluvia de naranjas y piedras. Instantes después, la caballería cargaba contra los manifestantes. El saldo: un miliciano nacional, José Palacios, muerto por un  lancero de  la Guardia Real y varios heridos. Eso sí, la Carrera de San jerónimo y Puerta del Sol quedaron despejados para alivió de los moderados. El ayuntamiento progresista de Madrid protestó por los sucesos y amenazó con la sedición, pero falto de fuerzas se resignó… de momento.

---
Daniel Aquillué. 





[1] ROMERO, Carmelo, CABALLERO, Margarita, “Oligarquía y caciquismo durante el reinado de Isabel II (1837-1868)”, Historia Agraria, 38 (abril 2006), pp. 7-26.

[2] SIERRA, María; PEÑA, María Antonia; y ZURITA, Rafael, Elegidos y elegibles. La representación parlamentaria en la cultura del liberalismo, Marcial Pons Historia, Madrid, 2010; SUÁREZ CORTINA, Manuel (ed.), La redención del pueblo: la cultura progresista en la España liberal, Universidad de Cantabria-Sociedad Menéndez Pelayo, Santander, 2006; GARRIDO MURO, Luis, El nuevo Cid. Espartero, María Cristina y el primer liberalismo español (1833-1840). Tesis doctoral dirigida por Carlos Dardé, Universidad de Cantabria, diciembre 2012; AQUILLUÉ DOMÍNGUEZ, Daniel, La forja de una cultura política: el incipiente progresismo (1834-1837). Trabajo Fin de Máster dirigido por Carmen Frías Corredor, Universidad de Zaragoza, octubre 2013.

[3] Para narrar este episodio de 1840 he seguido: GARRIDO MURO, Luis, El nuevo Cid. Espartero, María Cristina y el primer liberalismo español (1833-1840). Tesis doctoral dirigida por Carlos Dardé, Universidad de Cantabria, diciembre 2012, pp. 358-361. 

martes, 19 de noviembre de 2013

Forjando la nación decimonónica: historia y pintura.

Con la creación del Estado-nación en el siglo XIX  se crea su Historia, plasmada en libros y cuadros. Modesto Lafuente fue el primer gran historiador de la nación española y los Pradilla, Gisbert y Casado del Alisal quienes plasmaron en la pintura lo que la tinta consignaba en  el papel. 


Modesto Lafuente y su Historia

Modesto Lafuente nació en León en 1806, poco antes de que “naciera” la nación, vivió la quiebra del antiguo régimen y el proceso revolucionario que llevó al poder al liberalismo en España, y falleció en 1866, dos años antes de iniciarse un nuevo proceso revolucionario.
Este leonés inició la carrera eclesiástica –como muchos en su tiempo- entrando en 1815 en el seminario de León, oscilando sus posiciones ideológicas entre el absolutismo y el liberalismo hasta comienzos de los años 30. En 1831 fue nombrado bibliotecario del Seminario de Astorga y al año siguiente ocupó allí la cátedra de Filosofía. En 1833 ya con 28 años, Modesto Lafuente abandona el estado eclesiástico y toma partido claramente por el liberalismo. Estos años de carrera eclesiástica -sobre todo su estancia en Astorga- le proporcionaron conocimientos que de otra forma igual no hubiese podido adquirir.
Tras la muerte de Fernando VII, Lafuente comienza sus escritos a favor del liberalismo alcanzando cierta popularidad en la vida política leonesa. En 1837  comienza a publicar el periódico satírico Fray Gerundio, el cual le proporciona gran popularidad y cuantiosos beneficios. Poco después se traslada a Madrid donde se casó con María Concepción Mellado. A partir de 1843 Modesto Lafuente, con posturas antiesparteristas, se puede clasificar ya como un liberal ideológicamente moderado.
A partir de 1846 comenzó a investigar en los archivos y como señala Juan Sisinio Pérez Garzón “el escritor público se transformó en historiador catalogable hoy como científico”. En 1850 publicó el primer tomo de su gran obra Historia General de España y tres años después ingresó en la Real Academia de la Historia. Su discurso de ingreso en dicha institución versó sobre Fundaciones y vicisitudes del Califato de Córdoba, causas y consecuencias de su caída, de temática medieval pues, muy “de moda” (interesadamente) entre los liberales. Su Historia General de España se convirtió en un “best-seller” entre la burguesía decimonónica. Ayudó a su difusión al publicidad que de al obra hicieron los distintos periódicos, sobre todo los conservadores como La Época, El Heraldo, y La España.
En 1854 Modesto Lafuente fue elegido diputado por León pro la unión Liberal de O’Donell. Durante el Bienio progresista tuvo una activa participación parlamentaria, destacando por sus discursos llenos de referencias históricas en las cuales recalcaba que España es nación por ser católica.
Entre 1856 y 1866 Lafuente alcanzó gran prestigio social y fue nombrado director de la Escuela Superior de Diplomática –donde se formarían los historiadores- y de la Dirección General de Archivos.

El modelo historiográfico de Modesto Lafuente se apoyó en el racionalismo heredado de la Ilustración española, que otorgaba la primacía a las ideas pero dejando hueco para la religión; estando inscrito en la nueva historiografía liberal, el pueblo –“clases medias”- era el protagonista, justificando así la hegemonía burguesa.
Para Modesto Lafuente la Historia debía ser un instrumento que formar a ciudadanos adictos al nuevo sistema liberal. La historia debía ser útil al proceso nacionalizador creando referentes de identidad colectiva para los ciudadanos. El sujeto histórico era “el pueblo”, mitificado en la Guerra de Independencia, era visto con recelo al finalizar la Guerra Carlista, los liberales tenían miedo a ese “pueblo desbordante”. El protagonista pro tanto es el pueblo pero identificado con las clases medias, el resto del “pueblo” debían ser ciudadanos “obedientes”. Ese “pueblo burgués” era identificado con el estado, con la nación ala que debía llevar hacia el progreso.
El tipo de Historia que hizo Modesto Lafuente y sus seguidores fue una historia jurídico-institucional principalmente porque en ella se expresaba el devenir del pueblo, de la nación. A pesar de lo señalado anteriormente –el uso político de la historia- buscaba la objetividad que se convirtió en norma metodológica. Lafuente se sumergió en libros y documentos, en la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia, en los archivos de la Corona de Aragón y Castilla. La erudición, el rigor documental, y la trascripción exacta del pasado constituyeron el soporte para que el lector dedujese lecciones provechosas para el progreso nacional.
Con Modesto Lafuente y sus coetáneos se transformaba el saber histórico y la producción historiográfica quedaban en manos de un arquetipo  de intelectual que era a la vez periodista, abogado, profesor y político. Más que verdaderos historiadores eran “escritores políticos”. Simultáneamente comenzó la especialización en el ámbito de la historia con los archiveros, bibliotecarios y profesores o con escritores públicos –como Lafuente- que superaban los límites de la mera erudición.
Modesto Lafuente fraguó un paradigma teleológico nacionalista que afirmaba la esencia intemporal de lo español, que alcanzaba su cúspide en los tiempos actuales de Isabel II. La obra de Lafuente se basa en analizar los factores que habían retrasado o acelerado el proceso de unificación nacional a lo largo de los siglos. Construyó un relato con un nacionalismo organicista que concebía a España como un ser vivo que ha existido siempre.  Por una parte señala que España es parte de Europa, por otra identifica España con toda la Península Ibérica pero, a la vez, identifica España con castilla y lo castellano. Considera que un hito fundamental es la conversión en 589 de Recaredo al catolicismo porque cree que la fe es la que dota de unidad a la nación española. Para él la nación española estaría destinada a serlo por la naturaleza, el territorio geográfico y la religión, todo ello catalizado por el estado surgido con los Reyes Católicos y cuya perfección sería el estado liberal. Modesto Lafuente catalogó a los Austrias como reyes malos porque recortaron libertades –Comuneros de Castilla, Justicia de Aragón- y se apartaron de lo español con empresas exteriores, mientras que ensalza a los Borbones, sobre todo a  Carlos III, y mitifica la Guerra de Independencia  donde una vez se mostraba el “genio ibero” de belicosidad. Modesto Lafuente observaba cómo en el conjunto de la Historia de España se manifestaba una ley providencial hacia su “progresivo perfeccionamiento”.
Hasta bien entrado el siglo XX, la Historia General de España de Modesto Lafuente fue la obra histórica de referencia en España.


La Historia Nacional ilustrada en la pintura


La rendición de Granada de Francisco Pradilla (1882)
"Enlázanse los príncipes y las coronas; la concordia conyugal trae la concordia política: y aunque todavía sean Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, el que les suceda no será ya rey de Aragón ni de castilla, sino rey de España: palabra apetecida, que no habíamos podido pronunciar en tantos centenares de años como hemos históricamente recorrido. Comienza la unidad. (…) Era el desgraciado Boabdil, el último rey moro de Granada, que entregaba las llaves de la Alhambra al victorioso Fernando con arreglo a la capitulación. Pronto reflejaron los rayos del sol en la luciente cruz de plata que los reyes católicos llevaban consigo a los campamentos, símbolo del cristianismo victorioso del Corán, y el pendón de castilla ondeó luego en una de las torres de aquel alcázar donde tantos siglos tremolara el estandarte del Profeta. Era el 2 de enero de 1492."



Los Comuneros de Castilla de Antonio Gisbert (1860)
"El levantamiento, más en justicia fundado, y con más valor sostenido, que dirigido con circunspección y ordenado con acierto, sucumbe ante las armas imperiales auxiliadas de la nobleza, a quién los comuneros no han sabido atraer. Perecen, pues, las libertades de Castilla en los campos de Villalar, y Padilla y los principales caudillos de las comunidades expían su ardor patriótico en un cadalso. (…) Fue la última protesta armada de la libertad contra la opresión. Desde entonces las cortes quedan reducidas a una mera fórmula, y no serán ya llamadas sino a  votar impuestos. (…) Con tales auspicios se inauguró en España el primer soberano de la casa de Austria".



La rendición de Bailén de Casado del Alisal (1864)
"La Europa atenta supo con admiración que los triunfadores de Jena habían rendido sus espadas en Bailén, y que las legiones del vencedor habían dejado de ser invencibles en batalla campal."


El fusilamiento del general Torrijos y sus compañeros en la playa de Málaga de Antonio Gisbert (1888).
"Tampoco desistían de sus tentativas los emigrados liberales. Todos eran tenaces, y todos pagaban cara su impaciencia. Las playas de Málaga y las crestas del Pirineo volvieron a  enrojecerse con la sangre de ilustres víctimas. Torrijos fue el más compadecido de los mártires, porque fue el más impíamente engañado."




Bibliografía:

 LAFUENTE, Modesto, Historia general de España desde los tiempos más remotos hasta nuestros días: discurso preliminar; edición de Juan Sisinio Pérez Garzón. Pamplona, Urgoiti editores, 2002. 

FONTANA, Josep, y VILLARES, Ramón (dir.), Historia de España. La época del liberalismo. Volumen 6, Crítica/Marcial Pons, Barcelona, 2007.

JUNCO ÁLVAREZ, José, Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Taurus, Madrid, 2005.


---
Daniel Aquillué. 

sábado, 9 de noviembre de 2013

"La forja de una cultura política: el incipiente progresismo 1834-1837" (Daniel Aquillué Domínguez)




Hace ya más de un mes que defendí mi Trabajo Fin de Máster (TFM) en la Universidad de Zaragoza.

El trabajo completo se podrá consultar en:

http://zaguan.unizar.es/record/12415?ln=es

Pero mientras tanto dejo un avance:

RESUMEN:
La cultura política progresista se manifiesta claramente a partir de la aprobación de la Constitución de 1837, su Constitución, la del liberalismo progresista. Es sin embargo, en los años previos en los que se va forjando un ideario político, diferenciado de los antiguos doceañistas y de los moderados, un universo de símbolos propio que incluye lecturas particulares del pasado y del presente, y un proyecto político-social para la nación, de la que se ven y pretenden ser sus verdaderos representantes. Esta forja de una cultura política se enmarca en el contexto de una guerra civil y varios procesos revolucionarios en España y un contexto europeo en el que se está asentando el liberalismo posrevolucionario. Todo ello se puede ir vislumbrando a través de diversas fuentes tanto primarias y secundarias, y es lo que propongo como objeto de investigación en el presente proyecto.
PALABRAS CLAVE: Progresismo, cultura política, liberalismo posrevolucionario, revolución liberal, primera guerra carlista, Constitución de 1837, regencia María Cristina, símbolos y mitos progresistas.

ABSTRACT:                                                                                                    
It was after the approval of the Spanish Constitution of 1837 that the progressive political culture was clearly shown. However, this political ideology was built up during the previous years: different from both the Doceañistas and the Moderates, they created their own symbolic universe with their particular views on the past and the present as well as a socio-political project for the nation they expected to represent. This political culture was created in the context of a civil war and several revolutionary processes in Spain and the settling of the post-revolutionary liberalism in Europe. All this can be glimpsed through primary and secondary sources, and that is indeed what I put forward as the subject of my research in the present project. 



KEYWORDS: Progressism, political culture, post-revolutionary liberalism, liberal revolution, first carlista war, Constitution of 1837, María Cristina regency, progressist symbolic universe.


---
ÍNDICE

1.      INTRODUCCIÓN p. 4
1.1.Justificación del tema y cronología p. 7
1.2.Un esbozo de los objetivos p. 8 
1.3.Algunas aclaraciones previas p. 9
1.4.Agradecimientos p. 12      
2.      ESTADO DE LA CUESTIÓN p. 14
2.1.La teoría del fracaso… sus sucesores y la renovación de los 90 p. 16
2.2.Obras de referencia según temática p. 16
3.      FUENTES p. 19
3.1.Los Diarios de Sesiones de las Cortes Constituyentes 1836-1837. Unas cortes progresistas p. 20
3.2.Prensa: el Eco del Comercio. El periódico progresista por antonomasia p. 21
3.3.Diversos opúsculos: sobre héroes, mitos y visiones de la Historia p. 22
3.4.Ordenanzas de la Milicia Nacional p. 25
3.5.Archivo y Hemeroteca Municipal de Zaragoza (A. H. M. Z.): un acercamiento al ámbito local: revolución, Milicia, y teatro en 1836 p. 26
4.      SOBERANÍA Y REPRESENTACIÓN: UNA POLÍTICA ADECUADA AL LIBERALISMO POSREVOLUCIONARIO EUROPEO p. 27
4.1.Las grandes corrientes del liberalismo europeo p. 29
4.1.1.      El liberalismo puro de Constant p. 30
4.1.2.      El doctrinarismo de Guizot p. 33
4.1.3.      El modelo inglés: espejo de modernidad p. 34
4.2.Las Cortes de 1836-1837 y los debates entre las corrientes del progresismo p. 36
4.2.1.      Soberanía Nacional, pero limitada p. 38
4.2.2.      “La ilusión monárquica”. La Reina (regente), reina y querrá gobernar p. 40
4.2.3.      Sufragio, directo, y para los capaces p. 43
4.2.4.      Vientos de respetabilidad: el cuerpo colegislador p. 51
5.      LA NACIÓN EN GUERRA, LA NACIÓN INCLUYENTE. MILICIA Y AYUNTAMIENTOS p. 57
5.1.La Milicia ciudadana, “baluarte más inexpugnable de la Libertad” p. 58
5.1.1.      De Urbanos a Nacionales. Las necesidades de la guerra y la radicalización revolucionaria p. 58
5.1.2.      Finalidad de la Milicia: instrumento progresista para la revolución y el orden p. 62
5.1.3.      La Milicia democrática: la elección de la oficialidad como espacio de aprendizaje político y vía alternativa de participación p. 65
5.2.Los poderes locales, espacio político predilecto p. 67
6.      (RE)LECTURAS DEL PASADO Y DEL PRESENTE. O COMO HACER PEDAGOGÍA LIBERAL A TRAVÉS DE UN UNIVERSO DE SÍMBOLOS p. 71
6.1.La prensa como medio difusor. La libertad de imprenta como “el escudo de los demás derechos” p. 72
6.2.Visiones de la Historia pasada e inmediata p. 73 
6.2.1.      De Padillas y Lanuzas o como convertir luchas feudales en combates liberales p. 72
6.2.2.      De 1808 a 1836, la lucha nacional por la Soberanía y la Libertad
6.3.Héroes colectivos e individuales, mártires de la libertad, su memoria y conmemoración. El Panteón Nacional, ejemplo de virtudes p. 80
6.3.1.       La Milicia Nacional: del Siete de Julio a Bilbao, un camino de heroísmo p. 81
6.3.2.      Riego, símbolo de libertad progresista…e internacional p. 85
6.3.3.      De guerrilleros a constitucionales: Nación y Libertad.
6.3.4.      Víctimas del terror de 1831: Mariana Pineda y Torrijos
6.3.5.      La Invicta Bilbao p. 89
6.4.Fiestas espontáneas, hechos simbólicos, juras constitucionales e Instrucción pública p. 92       
7.      “LAS LUCES DEL SIGLO NO DESAPARECERÁN”. CONCLUSIONES  p. 98
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA p. 102     

---

Texto de la defensa pública de mi Trabajo Fin de Máster que tuvo lugar el 3 de octubre de 2013 en el Seminario de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza entre las 12:00h y las 13:45h

"Gracias. Buenos días.
El Trabajo Fin de Máster que hoy presento tiene su origen en la clase de “Construcción del Estado Contemporáneo en España” que cursé en el 2010-2011 y que impartía e imparte la profesora Carmen Frías. Mi interés por el olvidado siglo XIX comenzó con la Guerra de la Independencia y el primer liberalismo, trasladándose luego al periodo que actualmente me ocupa. Me apena señalar el desinterés que suscita este siglo en la actual historiografía contemporánea española, debido en parte a la persistencia de las visiones que lo tachan de gran fracaso, en parte a la omnipresencia del pasado traumático que supuso la última Guerra Civil y la posterior dictadura. Baste a modo de ejemplo, decir que en el último y reciente Encuentro de Jóvenes Contemporaneistas celebrado en Valencia el pasado mes, tan solo 5 de las 270 comunicaciones versaban sobre el citado siglo. Ello es un aliciente más para dedicarme a su estudio.
En esta exposición voy a exponer brevemente tres puntos:
1-                 Objetivos, fuentes y metodología de este Trabajo Fin de Máster.
2-                 Conclusiones, siempre expuestas a revisión, a las que he llegado.
3-                 Expectativas futuras de investigación.

  
1 Objetivos, fuentes y metodología

Si bien el concepto de “culturas políticas” hace años que se introdujo en la historiografía española y hay estudios sobre diversas de ellas –los progresistas estudiados por María Cruz Romeo o los republicanos de Florencia Peyrou, por poner ejemplos cercanos al ámbito de este TFM-, pocas son las investigaciones referidas a una cultura política en formación. Eso es lo que me propuse cuando inicié este trabajo, rastrear los orígenes, los inicios, los aparentemente poco definidos contornos de la cultura política progresista de los años 30 del siglo XIX. Siguiendo el patrón establecido por Berstein y Sirinelli busqué en la prensa, en las Cortes, en opúsculos y proclamas el proyecto político que anidaba en la mentalidad de las élites de ese liberalismo avanzado que se acabaría denominando progresista, la concepción de Nación y sociedad futura que tenían, sus visiones de la Historia lejana e inmediata, sus héroes, mitos y, en definitiva, universo de símbolos y proyectos políticos y sociales que fueron el andamiaje sobre el que se asentó aquella cultura política progresista que quedó patente desde 1837.
Quisiera detenerme un poco más en algunas de las fuentes que he utilizado en esta investigación. Los Diarios de Sesiones del las Cortes Constituyentes y el periódico progresista el Eco del Comercio han constituido dos de los grandes pilares en que me he sustentado para ver especialmente las dos tendencias que chocan y conforman el progresismo, ya que en las Cortes se ve la impone progresista-respetable y en la prensa destaca la progresista-doceañista. Junto a ello, la documentación que he podido consultar en el Archivo Municipal de Zaragoza, varios opúsculos y las Ordenanzas de  la Milicia Nacional de 1822. Restablecidas estas últimas tras el triunfo de la revolución de 1836, las considero claves ya que, quizás muchas veces se haya pasado por alto  la elección de la oficialidad de forma democrática que su articulado recoge. De los opúsculos uno me ha parecido especialmente interesante, Bruto o Roma Libre, oda a la Libertad de España, que es en origen una obra teatral interpretada en fecha tan significativa para el progresismo como el 7 de julio –por los sucesos de 1822- y que el editor de la misma en 1835 –justo antes de estallar la revolución de ese verano- señala explícitamente que la publica por una demanda desde abajo. Dicho texto, que contiene multitud de referencias simbólicas del liberalismo avanzado español e internacional, es una clara muestra de los elementos que van configurando esa cultura progresista.
Por otra parte, no creo que este sea un trabajo fácil, y no tengo duda de que habré cometido errores y quizás en alguna cuestión haya sido demasiado osado, pero considero fundamental investigar sobre la forja de una cultura política que, como la progresista, tanto influyó –a pesar de lo que a veces se ha dicho- en la construcción del Estado-nación español, ya no solo en el ámbito legislativo tan abundantemente estudiado por historiadores e historiadores del derecho, sino por el legado cultural y mental que dejó, esa retahíla de símbolos heredados en muchas ocasiones por el republicanismo y que han llegado incluso hasta nuestros días. Como decía, no es fácil deslindar los contornos del progresismo de los del tronco del primer liberalismo, del que se nutre; quizás es complicado de diferenciar en la cuestión legislativa del moderantismo; y también evitar pensar en sus mitos como recursos peligrosamente “democráticos” más propios de un demo-republicanismo. Pero aunque a priori pueda parecer todo ello, creo que con el presente trabajo he logrado –o al menos es lo que intentaba- esbozar unos contornos precisos de esa cultura política progresista que en formación a lo largo de la época del Estatuto Real queda definida a partir de 1837.

2 Conclusiones

A continuación voy a enunciar las principales conclusiones a las que he llegado. Ninguna de ellas es definitiva –pero no por ello menos válida, desde mi punto de vista- no puede serlo ninguna en Historia, sometida a constante revisión crítica.
1º- La Constitución de 1837, vista tradicionalmente por la historiografía como transaccional con los moderados, es un producto de los debates entre las dos corrientes del progresismo, la que defino como progresista-respetable y la progresista-doceañista –tan progresista la una como la otra- en unas Cortes en las que los moderados estaban prácticamente ausentes y desprestigiados desde el progresismo –traidores en 1823, sospechosos de conveniencia con el carlismo en el presente, no hay más que recordar la revolución de 1836-. Este texto constitucional representa la concepción política de un liberalismo progresista adecuado al contexto posrevolucionario europeo que ve en el sistema británico el modelo a seguir. No hay que identificar a los progresistas de 1837 con los doceañistas de 1812. La soberanía nacional no fue relegada, era considerada como fuente emanadora de todos los poderes –incluida la monarquía-, la monarquía constitucional –con horizontes de parlamentarización- quedaba como árbitro político tras la parálisis institucional del Trienio, el sufragio era restringido pero directo y secreto, y el Senado se constituía como cuerpo colegislador y solo una vez llevada a cabo la “revolución” tal y como la entendían los progresistas. Como he señalado en el TFM que han podido leer ¿en qué transigieron los progresistas?
2º La Milicia Nacional y los poderes municipales concebidos en dos vertientes: como cauce de participación ciudadana alternativo y como espacio de aprendizaje político. La representación nacional estaba vetada para ese pueblo todavía ignorante que las élites  progresistas querían convertir en clases medias, pero no así otras vías: la restauración de parte de la obra legislativa del Trienio en 1836 abrió grandes posibilidades. No tendrían voto para elegir a los diputados, pero lo tenían para elegir a sus corporaciones municipales -voto universal masculino indirecto en dos grados- y a sus oficiales de la Milicia –voto universal, directo y secreto-. Y lo que es muy importante, la Milicia ofrecía fusiles, armas con las que oponerse –de forma más poderosa que depositar un voto- a la política con la que no estuviesen de acuerdo, con las que destituir autoridades o hacer justicia, tal y como se vio especialmente en los veranos de 1835 y 1836.
3º- Mártires de la libertad, víctimas del atroz despotismo, héroes nacionales… conformaron un panteón nacional establecido por el progresismo. Según su visión, la Historia de la nación española se resumía en una inmemorial e incansable lucha por la Libertad. Y eso lo transmitían con una pedagogía basada en conmemoraciones oficiales, fiestas espontáneas, obras de teatro, pequeños opúsculos y obras poéticas fácilmente memorizables, artículos de prensa leídos en los cafés… En definitiva, un relato mítico plagado de gestas memorables que iban desde los Comuneros de la Castilla del XVI al pomposamente denominado “movimiento nacional” de 1836. Todo en un mismo eje, una misma interpretación, la de la una nación que se opone a la tiranía ya fuese la de los Austrias, la de Napoleón, la de Fernando VII, la de don Carlos, o la del “despotismo disfrazado” de Istúriz. Muchos de estos mitos fueron comunes inicialmente por el liberalismo pero, abandonados por unos moderados temerosos de la movilización popular, fueron patrimonializados por un progresismo que los usó públicamente.
4º Quizás sea la Milicia Nacional la que mejor ejemplifique el significado de la cultura política progresista: causa del contexto-bélico revolucionario y del ideario progresista, referente mítico –del 7 de julio de 1822 a los sitios de Bilbao en 1836-, actor político, cauce de participación ciudadana, exponente de las clases medias –pero también del pueblo, o al menos, parte de él- en las que pretende apoyarse el progresismo para hacerse con el poder y ser los verdaderos representantes de la Nación liberal.


3 Expectativas futuras de investigación

Esto no acaba aquí. Queda mucho por hacer. Este Trabajo Fin de Máster no es más que el inicio de un camino investigador que espero sea fructífero bajo la dirección de Carmen Frías. Mi proyecto a corto y medio plazo es seguir la senda iniciada, comparar esta cultura progresista con la moderada, ver como de sus bases aparece la republicana, profundizar en sus rasgos definitorios, ampliando el arco cronológico hasta el fin de la regencia de Espartero en 1843. Considero la Milicia Nacional un punto clave para comprender estos años treinta en los que los liberalismos se encontraron en una encrucijada entre la revolución, la contrarrevolución y la respetabilidad. Una triada de la que salieron varios proyectos político-sociales para construir el estado-nación y que iban más allá de unos cuadros de notables que sin el apoyo o al menos, indiferencia de la masa de la población no hubiesen podido llevar a cabo. El progresismo se encuentra ahí, en esa encrucijada, buscando unos parámetros interclasistas con los que hacer de una vez “su revolución” que siempre tendrá horizontes abiertos aunque tutelados y cerrar otras revoluciones según ellos mal entendidas y que les disgustan. Para ellos, la revolución debía consistir en reformas paulatinas y solo en casos extremos en ruptura política, que es lo que el contexto impuso en 1836. Y puestos a ello, mejor la fiesta constitucional de Zaragoza dirigida por Evaristo San Miguel que los violentos acontecimientos de Málaga en ese mismo año. Esta es una línea en la que también quiero ahondar y que por motivos de extensión ha quedado fuera del trabajo que aquí presento. Por tanto, y recapitulando, espero estar en disposición de profundizar, comparar y ampliar el estudio de esta cultura política progresista en interacción con otras, y espero que los comentarios y críticas siempre constructivas que este tribunal me hagan me ayuden en ello.

--- 

Acabando ya, me gustaría dejar constancia pública de mi agradecimiento a Carmen Frías por haberme dirigido en este TFM y la profesora de la Universidad de Valencia Mari Cruz Romeo por sus valiosos consejos.

--- 

Finalizaré esta breve intervención con una cita extraída del Eco del Comercio y que me gusta particularmente:  

Las luces del siglo no desaparecerán por más que trabajen los apegados a los goces de los abolidos sistemas, y solo lograrán con su terca y atroz resistencia el que la revolución haga de una vez lo que debiera ser efecto de progresivos y meditados planes”.

Muchas gracias por su atención."

---

Daniel Aquillué Domínguez

domingo, 22 de septiembre de 2013

Después de la batalla…MURET VIII CENTENARIO 1213-2013

La Corona de Aragón estaba descabezada desde aquel jueves de 1213, pero la lucha en las tierras occitanas continuó. Y el recuerdo de Muret pervivió, al menos durante todo el siglo XIII. El sueño de la Gran Corona de Aragón pervivió en las mentes de muchos occitanos, catalanes y aragoneses. El rey Pedro el Católico siguió siendo considerado el ideal de buen señor feudal y caballero, y ello reclamaban insistentemente  los trovadores provenzales y los señores desposeídos de Occitania a su heredero Jaime que, por su parte, educado primero por Monfort, luego por los templarios, se desentendió de todos los asuntos ultrapirenaicos, siendo fiel a su señor el Papa. Dos motivos llevaron a Jaime I a desentenderse de las peticiones de occitanos que el reclamaban como su verdadero señor feudal y de los aragoneses y catalanes que clamaban venganza: la certidumbre de que su padre había sido castigado por Dios en Muret por combatir junto a los herejes y la prudencia, porque a mediados del siglo XIII intervenir en  tierras occitanas no era ya enfrentarse a una cruzada sino a la poderosa monarquía de los capetos franceses.



A pesar del shock colectivo que supuso la derrota de Muret para hispanos y occitanos, la lucha continuó. Fuerzas de ambos contingentes siguieron presentando batalla en 1214. En Aragón, el tío de Jaime I, Sancho, se hizo cargo de la tutoría del joven rey, la nobleza occitana acabó sometiéndose  a la Iglesia, Simón de Monfort ofreció sus territorios en vasallaje al rey de Francia… parecía que la guerra terminaba con victoria para los franco-cruzados. En 1216, encabezados por los desposeídos condes de Tolosa, los occitanos se rebelaron, las tropas de Monfort sitiaron la ciudad de Tolosa. El 25 de junio de 1218, durante una salida de los defensores, una piedra lanzada por una máquina de guerra alcanzó a Simón de Monfort, que falleció allí mismo. En 1223 los occitanos se vieron con fuerzas como para atacar Carcasona, en manso franco-cruzadas desde 1209. Aunque el sitio fue levantado, un año después el hermano del fallecido Simón de Monfort, Amaury de Monfort llegó a un armisticio con Raimon VII de Tolosa. La cruzada Albigense había perdido la guerra. Pero eso no hizo sino precipitar la intervención directa de la monarquía Capeta que envió tropas al sur. Luis VII de Francia, apoyado por el Papa Honorio III, tomó Aviñón en 1226. Tras ello, el poder occitano se desplomó, los vasallos del conde Tolosa juraron fidelidad uno tras otro al rey de Francia que se hizo con el control efectivo del territorio dividiéndolo en dos senescalías reales: la de Beaucaire-Nimes y la de Carcassone-Béziers. El pronto fallecimiento de Luis VII hizo temblar este nuevo dominio, su viuda y regente –minoría de Luis IX- del reino, la reina Blanca de Castilla, alcanzó una solución negociada –previo sitio de Tolosa en 1228- con Raimon VII de Tolosa que nuevamente se había rebelado.
El fin –temporal- del conflicto llegó en 1229 con los Tratados de Meaux-París. El conde de Tolosa perdió muchas de sus tierras, quedó infeudado directamente a la Corona de Francia y tuvo que casar a su primogénita Joana con el hermano del rey francés. En 1241, varios nobles occitanos, Enrique III de Inglaterra, el conde de Tolosa y Jaime I de Aragón sellaron una alianza… que quedó desvanecida con la rápida derrotada de las tropas inglesas en Aquitania en 1242. El monarca aragonés se desentendió entonces abandonando a los occitanos. Esta vez, al derrota fue definitiva, y por el Tratado de Lorris de 1243 el conde Tolosa se sometió totalmente al rey de Francia, perdiendo todos sus castillos. En 1245,a heredera de Provenza, Beatriz intento ser casada con Raimon VII de Tolosa, con el auspicio de la Corona de Aragón. Secuestrada esta por las armas francesas, fue entregada en matrimonio a Carlos de Anjou. Esta última decepción conllevó la total desatención de los asuntos ultrapirenaicos de Jaime I, que había perdido de su órbita Provenza. En 1258 Jaime I de Aragón y Luis IX de Francia firmaron el Tratado de Corbeil por el que el primero renunciaba a sus derechos sobre el sur de Francia y el segundo a los suyos sobre Cataluña. Esa renuncia es una muestra más de que la presencia catalano-aragonesa en lo que pasó a ser el sur de Francia había sido y era todavía a mitad del XIII algo patente.
En 1241 morían sin descendencia los condes de Tolosa Alfonso de Poitiers y Joana de Sant Gèli. En virtud de los Tratados de Meaux-París de 1229 las tierras tolosanas pasaron a dominio directo del monarca francés. Los occitanos llamaron entonces una vez más a catalanes y aragoneses a que acudieran en su ayuda, veían todavía como su señor natural al rey de Aragón. Jaime el Conquistador se mantuvo firme, cumplió lo acordado en Corbeil, e hizo oídos sordos a quienes evocaban a su padre, el buen rey Pedro, el caballero muerto por defender a sus vasallos. No así, su primogénito, el infante Pedro. El que sería Pedro III (1276-1285) buscó a poyos y varios nobles aragoneses y catalanes se mostraron dispuestos a cruzar los Pirineos y combatir junto a los tolosanos frente a los franceses del norte. Jaime I lo impidió, abortó la aventura ultrapirenaica de su hijo y sus vasallos…

Fue el fin del sueño ultrapirenaico de la Corona de Aragón, y el despegue de una escalada bélica entre las monarquías de los Capeto y la Casa de Aragón. El escenario varió en las décadas siguientes: el Mediterráneo. Pedro III fue proclamado rey de Sicilia en 1282 de donde expulsó a los soldados franceses de Carlos de Anjou yen 1285 derrotó a la Cruzada francesa que sitió Gerona.



http://lamiradahistorica.blogspot.com.es/2013/09/el-jueves-de-muret-viii-centenario-1213.html

BIBLIOGRAFÍA: ALVIRA CABRER, Martín, Muret 1213. La batalla decisiva de la cruzada contra los cátaros, Ariel, Madrid, 2008.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El jueves de Muret. VIII CENTENARIO 1213-2013

El jueves de Muret

[Resumen de la obra de Martín ALVIRA CABRER, Muret 1213. La batalla decisiva de la cruzada contra los cátaros, Ariel, Madrid, 2008, llevado a cabo por el autor por el administrador de este blog: D. Aquillué]


El castillo de Muret –al norte del condado de Comminges, entre el río Garona y el Louge- se situaba a 20 kilómetros de Tolosa, permitía el rápido movimiento de las milicias tolosanas pro su cercanía, Pedro II conocía el lugar, la llanura frente a él permitía la batalla de la caballería pesada, y era un punto clave desde el que los cruzados hostigaban desde 1212 a los tolosanos. Muret era el lugar idóneo para la batalla definitiva.




El martes 10 de septiembre de 1213 el ejército de Pedro II se encontraba frente a las murallas de Muret. Junto a él, los  condes de Tolosa, Foix y Comminges, y a las milicias tolosanas. La defensa de Muret se articulaba en tres tramos: la villa nueva, villa vieja y por último, en lo más alto, el castillo con sus tres torreones. El día 11, tras un bombardeo de las máquinas de asedio tolosanas, las milicias de Tolosa aprovecharon su superioridad numérica  tomaron al asalto la villa nueva. Los 30 caballeros y 700 peones cruzados que la defendían se retiraron a la villa vieja y el castillo. Este asalto se produjo sin recibir órdenes del rey, lo que muestra descoordinación. Pedro II ordenó a las milicias retirarse al campamento ya que su plan era dejar entrar en Muret a Simón de Monfort con los refuerzos, para así acabar de un plumazo con toda la Cruzada. Y es que Simón de Monfort, tras la pérdida de Pujol no se podía permitir perder Muret, debía acudir en su socorro en sus tierras  de Carasona y Béziers se sublevarían contra él. Esa misma noche, Monfort y sus caballeros entraron en Muret…



El rey Pedro el Católico pasó la noche del 11 al 12 de septiembre yaciendo con una mujer, Simón de Monfort también la pasó en vela, pero en la capilla, rezando.
Amaneció el jueves 12 de septiembre de 1213 sobre las 7 y media de la mañana. Pedro II asistió a misa y después se reunió con los jefes de su ejército para preparar la batalla. En ese consejo, el rey explicó su plan: batalla campal frontal con las tropas cruzadas, un auténtico juicio de Dios. Raimon VI de Tolosa argumentó en contra y defendió  atrincherarse en el campamento ya provechar la superioridad de ballesteros y peones. No en vano,  la caballería francesa era más experimentada en el combate frontal que la occitana, pues en el norte de Francia estaba extendida la práctica de los torneos. El plan del tolosano no fue rechazada por causas técnicas sino mentales: la defensa del campamento era una forma de combate indigna del rey de Aragón, vencedor de las Navas y que debía demostrar ahora que tenía razón –el apoyo de Dios- frente a la Cruzada. Además, una táctica defensiva daría protagonismo a la infantería, lo que era inadmisible en la mentalidad caballeresca. El rey de Aragón necesitaba derrotar a la cruzada “en buena lid”, de forma legítima y caballeresca.



El ejército del rey de Aragón comenzó a formar. El núcleo lo conformaban experimentados caballeros aragoneses y catalanes, junto a ellos caballería no noble como los sargentos, caballeros villanos y escuderos, en total en torno a 1.000 jinetes. La caballería de la nobleza occitana y la urbana de Tolosa formaban la segunda fuerza montada del ejército real con unos 1.500 jinetes. En total pues, unos 2500 jinetes hispano-occitanos. Doblaban a la caballería cruzada de Simón de Monfort. Donde la ventaja hispano-occitana era evidente era en las tropas a pie: las heterogéneas  milicias de Tolosa y Montauban sumaban entre 4.000 y 10.000 hombres efectivos en la defensa de plazas pero de escasa efectividad ante una carga de caballería pesada.




Los acontecimientos se precipitaron en la mañana del jueves 12. Un pequeño contingente occitano atacó la puerta de Tolosa de Muret, previsiblemente para provocar la salida a campo abierto de los cruzados. Monfort concentró a sus tropas en la plaza del Mercadar, en la villa nueva de Muret. El núcleo de estas tropas estaba conformado por veteranos caballeros franceses que llevaban combatiendo en la Cruzada desde 1209. Sumando a estos caballeros los sargentos y escuderos, el total de jinetes cruzados oscilaría entre 7000 y 1.000 jinetes. El plan de Monfort era dejar a los peones guarneciendo la villa mientras la caballería salía de Muret, provocando un enfrentamiento abierto entre caballerías, evitando la participación de la infantería occitana. Para ello, los cruzados fingirían una retirada que obligase a los caballeros hispano-occitanos a perseguirles, dejando atrás a la infantería.



Los caballeros cruzados formados en Muret fueron bendecidos por el obispo de Comminges y otros prelados en reiteradas ocasiones, y es que Simón de Monfort tenía una fe y moral inquebrantable, pero sus caballeros “tras u impenetrable máscara de hierro, tras las estrechas y crueles ranuras de su visera, algo, ahora estaba agazapado,. El miedo”. En inferioridad numérica y tras 4 años de guerra sin cuartel, el desenlace de la batalla no era muy halagüeño para los cruzados.



Finalmente, hacia el mediodía, los caballeros cruzados salieron por la puerta de Salas dando la impresión de que huían. Pero en vez de ello cruzaron el río Louge para enfrentarse en campo abierto a los hispano-occitanos. El ejército franco-cruzado se desplegó en tres “haces” de unos 300 caballeros cada una. Esta maniobra, obligó al ejército de Pedro el Católico a salir precipitadamente del campamento con sus tropas. Aunque logró formar en varios haces, Simón de Monfort partía con la ventaja de la iniciativa.
A eso se añadió la precipitación y es que, movidos por la gloria, la moral de haber vencido un año antes en las Navas, los caballeros aragoneses y catalanes se lanzaron al ataque; y los occitanos por ver ya su venganza tras años de humillaciones. El primer haz cruzado, al mando de Guillaume des Barres, se acercó trotando hasta que a la señal, cargó lanza en ristre. Su objetivo no era tanto destruir al enemigo como romper sus líneas. Enfrente el haz occitano-catalán comandado por el conde de Foix quedó quebrado ante la impetuosa carga.



Derrotada la vanguardia hispano-occitana, la caballería cruzada, viendo el estandarte real que portaba Miguel de Luesia, cargó contra el segundo haz de caballería aragonesa comandado por el propio Pedro II. Y aquí la pregunta clave ¿qué hacía el rey en esa posición, en el frente, y no en retaguardia dirigiendo la batalla como era habitual en la plena Edad Media? Las fuentes señalan la soberbia y orgullo de Pedro el Católico, pero en sí parece fue pura necesidad: el leal y guerrero conde de Foix en vanguardia, el poco aguerrido y dudoso Conde Tolosa en retaguardia, en el centro no podía poner  a algún noble de menor rango para no ofender al de Tolosa, por tanto asumió el mando el propio rey. Sea como fuere, el núcleo del ejército hispano-occitano, conformado por caballeros aragoneses encabezados por el propio rey recibió la carga de dos terceras partes de la caballería franco-cruzada. 
El  impacto de ambas formaciones fue brutal: “el choque de las armas y el ruido de los golpes eran llevados por el aire como si un bosque…cayera bajo una multitud de hachas”. En medio de ese combate murió Pedro II. La Cansó de la Crozada lo narra así: “el rey, viendo la gran matanza y la derrota que se hacía de sus gentes, se puso a gritar tanto como podía <<¡Aragón!¡Aragón!>>, pero a pesar de sus gritos, él mismo murió allí…”. Situarse en el centro y junto a la señera real fue una imprudencia por parte del rey, pues actuó como reclamo de sus enemigos. Según la caballeresca crónica del catalán Bernat Desclot: “Y entonces giraron hacia él, y él les atacó, y al primer golpe hirió a un caballero francés con la lanza y le abatió muerto en tierra. Después vio que la lanza no le valía de nada, tan grande era la presión que los franceses le hacían, y echó mano a la espada, y aquí dio grandes golpes, tanto que mató a tres caballeros con la espada; y todavía no venían los suyos. Y en ese momento llegaron hasta él dos caballero juntos y fueron a herirlo, y lo abatieron a tierra y aquí murió”. Pedro II murió como un buen rey-caballero, en combate, al frente de sus tropas, todo según el ideal caballeresco. Junto a él cayó su mesnada de Aragón, los caballeros de la Casa Real: Miguel de Luesia, Aznar Pardo, Pedro Pardo, Gómez de Luna y Miguel de Rada.



Las crónicas acusaron a los catalanes y occitanos de vanguardia de no combatir fielmente y huir, abandonado a la muerte a su rey. Ello pesó en la mentalidad de la nobleza catalana durante el resto del siglo. Por ello los autores catalanes de la segunda mitad del XIII desviaron la atención hacia la huída de los occitanos,  a los que culpabilizaron en exclusiva de la derrota de Muret. 
¿Era un plan premeditado acabar con el rey de Aragón? Sin duda su muerte favoreció inmediatamente y a largo plazo a Simón de Monfort, porque descabezado el ejército la victoria era fácil. Los cruzados señalaron que fue obra de Dios, pero tanta casualidad hace dudar…
Pedro II había muerto, pero la batalla no había terminado aún. Dos haces de cruzaos estaban en el fragor del combate, el tercero, dirigido por el propio Monfort, cargó por el flanco del ejército  hispano-occitano. Esa carga lateral, unida a la muerte del rey, supuso la definitiva desbandada de las tropas hispano-occitanas. Muerto el rey acabó la batalla y comenzó la matanza. Los caballeros franco-cruzados, movidos por el odio social hacia los peones, la psicología de estar matando herejes “peores que los sarracenos”, la sed de venganza y la excitación de la victoria masacraron a los occitanos que huían. Y es que derrotada la caballería, sus iguales,  a la que no habían dado cuartel, ¿qué piedad podían esperar las milicias occitanas? Los caballeros cruzados cargaron contra quienes encarnaban la quintaesencia del enemigo del caballero cristiano del siglo XIII: villanos, burgueses, herejes, traidores, y extranjeros. La masacre tras la batalla fue enorme.


Para los cruzados, Muret fue un milagro; para aragoneses, catalanes y occitanos, fue un desastre. La interpretación medieval de la batalla fue clara: Dios estaba del lado de Simón de Monfort y la Cruzada y castigó a Pedro II por sus pecados, por ponerse del lado de los herejes. Los cruzados habían derrotado a un ejército numéricamente superior, con entre 1 y 300 bajas frente a las miles del enemigo según las crónicas. La batalla fue rápida, y el historiador Martín Alvira cuantifica las bajas cruzadas en 80 muertos y heridos, el núcleo de la nobleza aragonesa muerta, la huida de la nobleza catalana y occitana y, eso sí, una muerte masiva de los peones occitanos que fueron acuchillados en su huida  Los restos mortales de Pedro II y sus caballeros fueron trasladados a Tolosa y, en 1217, llevado al monasterio oscense de Sijena. 




BIBLIOGRAFÍA: ALVIRA CABRER, Martín, Muret 1213. La batalla decisiva de la cruzada contra los cátaros, Ariel, Madrid, 2008. 



Anteriormente: