sábado, 31 de agosto de 2013

31/8/1823-2013. 190 años de la batalla de Trocadero



Tras duros debates en la Cámara de Diputados francesa entre los gubernamentales y la oposición liberal, el gobierno –con apoyo de Luis XVIII- aprobó la intervención francesa en España para derrocar al exaltado gobierno liberal.

Tres años antes, un movimiento revolucionario de las ciudades unido al pronunciamiento de Riego había restablecido la Constitución de 1812, promulgada por primera vez en el Cádiz sitiado de la Guerra de Independencia. El Siete de Julio de 1822 los absolutistas españoles intentaron un golpe de estado en el mismo corazón de la capital. Una vez derrotado por la Milicia Nacional, los liberales exaltados se auparon el poder. Era demasiado para Fernando VII y las potencias absolutistas europeas. El rey llevaba solicitando la intervención de la Santa Alianza desde que había jurado la Constitución el 7 de e marzo de 1820.



La Francia borbónica movilizó un ejército de algo menos de 100.000 soldados bajo el mando del Duque de Angulema. El alto mando ofreció ascensos y grandes incentivos económicos a aquellos soldados. Además, Francia tenía la posibilidad de redimir la derrota de 1814. Luis XVIII quería triunfar donde Napoleón había sucumbido y extirpar la hidra revolucionaria española que amenazaba con extenderse al resto del continente europeo. A estas tropas se unieron unos 12.000 realistas españoles al mando del conde de España. En total, algo más de 100.000 soldados que portaban en sus bayonetas la contrarrevolución, el despotismo. La oposición internacional liberal se opuso a la intervención, la opinión pública inglesa presionó a su gobierno para que acudiese en ayuda del español, liberales franceses intentaron sobornar a los oficiales del ejército, exiliados políticos franceses e italianos refugiados en la España liberal se aprestaron para defenderla…
Finalmente, en abril de 1823 se inició la invasión del ejército absolutista, conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis. Entraron en España cruzando el Bidasoa. La expedición estaba planificada al milímetro: no había que causar ningún daño a la población civil y los suministros se pagarían al precio del mercado, tenían presente el recuerdo de 1808 y no querían cometer los mismos errores. El ejército borbónico francés se encontró como primera oposición a  compatriotas liberales y napoleónicos:
 “La primera incursión del ejército francés en España el 7 de abril de 1823 encontró la oposición de un grupo de unos 150 franceses y piamonteses refugiados en España que, enarbolando una bandera tricolor y con uniformes de la Guardia imperial napoleónica, se enfrentaron a las tropas invasoras en el río Bidasoa. Con el coronel Fabvrier y el jefe de batallón Caron a la cabeza intentaron poner a las tropas francesas de su parte cantando la Marsellesa y gritando "¡Viva la artillería!¡Viva el Emperador!", pero fueron dispersados.”  SIMAL, Juan Luis, Emigrados. España y el exilio internacional, 1814-1834, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2012, p. 172.



La España liberal intentó resistir ante la marea absolutista desatada contra ella. El gobierno dispuso cuatro ejércitos que ofrecieron una resistencia muy limitada. Solo los generales Ballesteros y Riego ofrecieron resistencia en Andalucía y Espoz y Mina en Cataluña. Las Cortes y el gobierno se retiraron de Madrid a Sevilla y de esta a Cádiz, el bastión nacional, el bastión liberal. Pero esta vez la situación era bastante peor que la de 1810, a pesar de las promesas de agentes británicos, la ayuda nunca llegaría. En esta retirada, las Cortes habían declarado “incapaz” a Fernando VII y constituido una regencia. En agosto el ejército francés sitiaba Cádiz. 



El 31 de agosto de 1823, aprovechando la marea baja,  el ejército francés atacó el fuerte de Trocadero que guarnecía los accesos a la ciudad. Sus 1700 defensores fueron sorprendidos por el asalto a la bayoneta del enemigo y tras un combate fueron derrotados, sufriendo cerca de 500 bajas frente a las 150 absolutistas. Una vez tomada esta posición estratégica, comenzó un bombardeo a Cádiz que duró tres semanas. A finales de septiembre la ciudad capituló, los constitucionales librearon a Fernando VII con la condición de que decretase una amnistía y el retorno al sistema absolutista no fuese total –esperaba una carta Otorgada a la francesa de 1814- pero no fue así, El felón de Fernando les traicionó, una vez más. El 1 de octubre de 1823 derogaba por segunda vez la obra legislativa doceañista e iniciaba una durísima represión, un terror que llenaría las cárceles, derramaría sangre en los patíbulos y mandaría al exilio a miles de personas. Diez años después, un 29 de septiembre de 1833, moría en la cama el rey felón, y su sistema absolutista con él.



El liberal Evaristo San Miguel -presidente del gobierno en 1822, herido en el Alto Aragón en abril de 1823 combatiendo a los absolutistas, preso y exiliado en 1824- narró años después ese terror fernandino:
La segunda victoria del partido contrario se presentó con colores mas sombríos y funestos. La pluma se cae de la mano al trazar un simple bosquejo de las injusticias, de las persecuciones, de los horrores cometidos con motivo de aquel acontecimiento desastroso. Lo absurdo raya con lo cruel en esta reacción (…) Fue delito haber obedecido las órdenes emanadas del monarca, (…) fue virtud el haber conspirado (…) Se pidieron en alta voz las recompensas de la traición y del perjurio: (…) se abrió una escuela pública de inmoralidad (…) se oscurecieron las mas simples nociones de la equidad y el buen sentido. SAN MIGUEL, Evaristo, De la guerra civil de España, Imprenta de Don Miguel de Burgos, Madrid, 1836, pp. 29-30.



---

Hoy, 31 de agosto, también conmemoramos otra efeméride: el Bicentenario de la victoria española en la batalla de San Marcial frente a las tropas napoleónicas y el saqueo británico de San Sebastián en 1813. 

Espléndido cuadro de Augusto Ferrer Dalmau

Grabado de la época

                                                                                                                      

lunes, 5 de agosto de 2013

"Lucha libre en Gibraltar"

"Lucha libre en Gibraltar

David Torres

05ago 2013 

Ya que el verano es una época excelente para pegarse de hostias, los gobiernos del PP suelen aprovechar para para desentumecer los músculos diplomáticos y hacer ejercicio. En el ministerio de Exteriores ven que los michelines se les derraman por la gomilla del bañador e inmediatamente organizan un simulacro de guerra. Les sirve para recordar las glorias de un imperio venido a menos donde antaño no se ponía el sol y ahora lo que no se pone es el ridículo.
En julio de 2002 fue el desembarco en Perejil, donde acudimos con fuerte viento de levante porque unos cuantos moros, con la ignominiosa pretensión de que ramonearan las cabras, nos habían usurpado un islote en la penúltima almorrana de España. Inmediatamente, el ministro Federico Trillo sacó un mapa del Caribe para localizar Honduras y envió una nutrida expedición con florida retórica desempolvada de los tiempos de las guerras de Flandes.
Para distraer al personal del bochorno internacional del caso Bárcenas, lo mejor hubiera sido un remake de Perejil, una pantomima de lucha libre con Marruecos en la verja de Melilla, tres o cuatro moros apaleados después del último incidente y unos cuantos gorilescos golpes de pecho para dejar claro quién manda. Pero la inoportuna visita del rey Juan Carlos a su primo marroquí, con el monárquico intercambio de cromos que ha dejado libre a una alimaña pederasta, nos ha dejado sin el contricante idóneo para tan prometedora velada de boxeo verbal.
Margallo ha tenido que optar entre invadir Cataluña o desempolvar el peñón de Gibraltar. Como Cataluña todavía no se ha divorciado de España, aunque no por falta de ganas, queda fuera de la competencia de Exteriores. Rápidamente Margallo ha llamado a Trillo para que le preste el mapa del Caribe, no vayamos a liarla otra vez con Honduras. Una vez localizado Gibraltar, que es esa roca gorda que está enfrente de Algeciras y que molesta sobremanera a los españolazos de toda clase y condición, Margallo les ha apretado las tuercas a los ingleses con reivindicaciones varias, entre las que destaca “nuestra obligación de controlar a rajatabla el contrabando, el blanqueo de dinero y el tráfico ilícito”. Lo de “controlar a rajatabla” suena un poco raro después de una amnistía fiscal general a los grandes defraudores españoles y no digamos después de descubrirse la inmensa fortuna en dinero negro que el antiguo tesorero del PP almacenaba en Suiza. A ver si los asesores de Margallo se han equivocado y en vez de un mapa del Estrecho le han dado uno de los Alpes.
Aparte de la cortina de humo necesaria para tapar las vergüenzas de un gobierno putrefacto cuyo pestazo llega ya a Nueva York, la conga gibraltareña puede servir también para pedir la nacionalidad española para los monos del Peñón, una de las pocas comunidades de antropoides europeos que todavía no se ha pronunciado acerca del caso Bárcenas, ni a favor ni en contra."

http://blogs.publico.es/davidtorres/2013/08/05/lucha-libre-en-gibraltar/

sábado, 3 de agosto de 2013

"Todo mucho más claro" Artículo de Antonio Muñoz Molina

"Todo mucho más claro

La desaparición de la ética en el plan de reforma de la enseñanza ha pasado desapercibida


 31 JUL 2013 - 17:23 CET

Con el barullo continuo de los titulares sobre la corrupción y sobre la impunidad de casi todos los que la cometen es posible que pase inadvertida la desaparición de la asignatura de ética en el plan de reforma de la enseñanza que ha presentado el Gobierno. Una ventaja de esta época sombría es que la desvergüenza de los que mandan se ha vuelto tan absoluta que ya no hacen falta especiales sutilezas para adivinar los propósitos de sus actos, y ni los más incautos corren peligro de engañarse sobre ellos. A los que mandan y a los que aspiran a mandar en España, o en los territorios que en el futuro próximo logren venturosamente liberarse de ella, que exista una asignatura dedicada al estudio de la rectitud en los comportamientos privados y públicos les debe de parecer tan cómico como la idea de que los corruptos vayan a la cárcel, o de que los pobres tengan el mismo derecho a la educación que los ricos, o de que la salud sea un bien tan valioso y tan primordial para la dignidad humana que no se la puede degradar sometiéndola a las leyes del beneficio privado.
En otras épocas, las personas de inclinaciones progresistas gastaban tremendas energías intelectuales en adiestrarse en la sospecha, en buscarle las vueltas sucias a las estrategias del poder, queriendo desenmascarar los intereses ocultos que actuaban detrás de apariencias intachables. Todo ese esfuerzo se ha vuelto superfluo. No hay nada que desenmascarar porque nadie pierde el tiempo ya en disimulos superfluos. Ladrones confesos de miles de millones de euros salen a la calle por esa otra célebre puerta por la que decían antes que escapaban al castigo los chorizos de medio pelo. Y si son condenados tampoco hay que alarmarse: vendrá un indulto oportuno, un tercer grado benévolo, porque en la cárcel sólo se quedan los pobres. Y nunca faltarán leales que reciban al ladrón liberado como un mártir de la causa, o de la patria. La llegada del verano no ha menguado el flujo de la desvergüenza pública. Patriotas catalanes con una nómina de ladrones en sus filas ponían cara de integridad herida al exigir responsabilidades por los suyos al partido del Gobierno central. Los mismos que bloqueaban la aparición del presidente del Gobierno en el Parlamento español exigían investigaciones parlamentarias sobre la corrupción en el Parlamento andaluz. Dice Pascal que la noción de verdad o justicia cambia según el lado del río fronterizo en el que uno se encuentre. Los corruptos de un lado señalan acusadoramente a los ladrones del otro, y ya ni se fijan en que en el calor teatral de sus aspavientos todos muestran por igual semejantes vergüenzas.
Ya todo está a la vista. El ex ministro de Industria se coloca estupendamente en una de las opulentas empresas a las que benefició con ejemplar descaro cuando ejercía su cargo. Los mismos políticos madrileños que dedicaron sus mandatos a sabotear la sanidad pública cobran sin disimulo de las empresas que saquearán los despojos de la privatización. Nada menos que el presidente del Tribunal Constitucional es militante de cuota del partido que lo ha nombrado. Y no creo que haya en Europa otro ejemplo de un gobierno que dedica sus esfuerzos coordinados a desproteger el patrimonio y destruir precisamente aquellas riquezas educativas, empresariales, culturales y científicas que más podrían ayudarnos a corregir los errores económicos que nos han llevado al desastre. El sonriente ministro de Educación presenta una reforma que agravará la ignorancia, y que al reducir casi hasta la extinción las humanidades, señaladamente la ética y la historia de la filosofía, servirá para que cada vez haya menos ciudadanos críticos y más súbditos. Reduciendo ayudas al estudio y al mismo tiempo exigiendo másteres de pago se privatiza de hecho la enseñanza universitaria y se establecen diferencias en gran medida irreparables entre quienes carecen de medios y quienes pueden costearse las credenciales carísimas que facilitan el acceso a buenos puestos de trabajo. Las autoridades culturales y económicas se alían con éxito para estrangular del todo el teatro y el cine y perjudicar en lo posible una de las pocas industrias internacionales y competitivas que tenemos, que es la editorial. Y paso a paso se asfixia nada menos que uno de los logros más incontestables, más fértiles, más vitales de la democracia, el tejido de la investigación científica, que junto al patrimonio histórico y las industrias educativas y culturales —incluido el valor económico de la enseñanza del español— era lo más sólido y lo más prometedor que teníamos, nuestra mejor esperanza de una economía que no se basara tan calamitosamente como hasta ahora en la especulación inmobiliaria, y el turismo de masas.
Todo ha estado mucho más claro este mes de julio, y lo estará más aún cada día, cada semana que pase. Gracias a las serviciales normas del Gobierno las compañías eléctricas no tendrán ni siquiera que preocuparse de la modestísima competencia que les harían esas personas cándidas empeñadas en instalarse unos paneles solares en el tejado o un molino eólico en el jardín. Quien paga manda. Se abandona a las librerías a su suerte y se suprimen las compras de libros y las suscripciones a revistas en las bibliotecas públicas, pero el presidente de la Comunidad de Madrid inaugura con pompa el almacén de Amazon. Instituciones científicas que han tardado décadas en alcanzar su pleno rendimiento irán a la ruina por los recortes del Gobierno, pero rebajas fiscales de centenares de millones de fondos públicos subvencionarán los casinos y los prostíbulos de Eurovegas.
Y las transmisiones en directo de encierros y las multitudes internacionales de borrachos de los sanfermines aseguran el éxito global de la ya célebre marca España: probablemente en ningún otro país es más barato beber alcohol hasta perder el conocimiento, quemarse al sol y practicar el vandalismo. Casi cada día de julio, en la prensa extranjera, aparecían fotos de nuestro país: caras de acusados de corrupción saliendo de los juzgados, toros y juerguistas amontonados en Pamplona. Que viva España.
Para esto hemos quedado. Los que puedan pagárselo aprenderán idiomas sin acento y obtendrán títulos en universidades y escuelas de negocios que les aseguren su posición de privilegio. Los que tengan talento pero carezcan de medios deberán aguantarse o irse. Gracias a la desprotección de los pocos tramos de costa todavía no arrasados más pronto o más temprano volverá a haber algunos empleos en la construcción, y, al menos mientras no acaben las convulsiones en los países musulmanes del Mediterráneo, seguirá habiendo trabajo temporal y no cualificado en la hostelería turística. Una nueva economía del conocimiento empezará a florecer pronto en las afueras de Alcorcón, en un ámbito laboral libre de molestias sindicales y hasta de leyes contra el tabaco: albañiles, camareros, croupieres, animadoras y guardas de seguridad de clubes de alterne, porteros de discoteca.
La verdad es que a ninguno de ellos le hará falta haber estudiado ética, ni historia de la filosofía. Ni literatura, ni física, ni geografía, ni ortografía…"