martes, 1 de abril de 2014

LA MILICIA NACIONAL. Daniel Aquillué

 Hoy 1 de abril de 2014, se cumple 170 años de la creación de la Guardia Civil, institución creada por el gobierno moderado de Narváez. Ésta sustituía a la Milicia Nacional. Eran instituciones muy distintas.

(Guardia Civil, cuadro de A. Ferrer Dalmau)

La Milicia Nacional fue disuelta por los moderados, volvió en e  Bienio 1854 y 1856 y, nuevamente, en el Sexenio Democrático (1868-1874). En la Restauración, Sagasta abjuró de esta institución progresista, demasiado revolucionaria, ya con otros carices, como habían comprobado en el movimiento cantonal de 1873 (y en la Francia de la Comuna de 1871). 
Dejo un fragmento de mi Trabajo Fin de Máster, presentado en septiembre de 2013 en la Universidad de Zaragoza (http://zaguan.unizar.es/record/12415?ln=es): 

La Milicia ciudadana, “baluarte más inexpugnable de la Libertad”[1]



La Milicia nacional, moderada en principio, democrática después, revolucionaria siempre, fue el ariete del liberalismo contra el régimen feudal, el brazo armado de su revolución, la expresión tangible del pueblo en armas en defensa de la libertad y el régimen constitucional. En los años treinta del siglo XIX se convirtió en foco de progresistas y radicales, en definitiva, y en instrumento del liberalismo más avanzado que no solo combatía al carlismo en los campos de batalla sino a los moderados en las calles.
Pero esta historia comienza tres décadas antes, con la –llamada posteriormente- Guerra de Independencia. Surgen entonces las guerrillas, los ejércitos populares de las juntas, el ejército nacional. Es el pueblo en armas en defensa de la libertad de la nación. La Constitución de 1812 instituyó oficialmente a las milicias nacionales en su articulado (arts. 362-365) y un primer reglamento vio la luz en abril de 1814. El golpe de estado fernandino la derogó junto a toda la legislación doceañista. Seis años después, durante el Trienio se restableció la Milicia junto a la Constitución. Un reglamento provisional de abril de 1820 establecía el alistamiento voluntario abierto a todos los españoles pero debiendo uniformarse a su costa, lo cual era un requisito que cerraba las filas milicianas. Las sociedades patrióticas llevaron a cabo cuestaciones para financiar los uniformes de artesanos y trabajadores excluidos. Pocos meses después se decretaba el servicio obligatorio en la Milicia para los ciudadanos de entre 18 y 50 años, bastando con “el distintivo de la escarapela, fornituras y armamento”, exceptuando algunos casos (curas, funcionarios… que a cambio debían pagar 5 reales mensuales). La Milicia fue el bastión armado del régimen constitucional, defendiéndolo ante partidas realistas y  pronunciamientos absolutistas como el del 7 de julio de 1822. Nuevamente disuelta por el despotismo fernandino en 1823 resurgiría tras la década ominosa.




[1] Esta expresión –DSCC, 25 de octubre de 1836, apéndice al núm. 7, p. 2- que define la Milicia Nacional, es de Joaquín María López, ministro de Gobernación. Para todo este apartado me he basado principalmente en las obras de Sisinio Pérez Garzón y Manuel Chust: PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio, “Ejército nacional y Milicia Nacional”, Zona abierta, 31 (1984), pp. 23 -42; PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio, Milicia Nacional y revolución burguesa. El prototipo madrileño. 1808-1874, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1978; PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio, “La Milicia Nacional”, en DARDÉ MORALES. Carlos (ed.), Sagasta y el liberalismo español, Fundación Argentaria, Madrid, 2000, pp. 137-147; y CHUST CALERO, Manuel, Ciudadanos en armas. La Milicia Nacional en el País Valenciano (1834-1840), Edicions Alfons el Magnànim, Institució Valenciana d’ estudis i investigaciço, Valencia, 1987.


            De Urbanos a Nacionales. Las necesidades de la guerra y la radicalización revolucionaria



A la muerte de Fernando VII se desató la guerra carlista, dinástica, civil, entre la revolución y la contrarrevolución. Entre 1833 y 1840 la Milicia defendió pueblos y ciudades e incluso salió a perseguir a las partidas carlistas, y también impulsó los avances políticos del liberalismo progresista: en julio de 1834 participan en la quema de conventos –que tuvo especial virulencia en Madrid-, la cual fue un embate desamortizador y anticlerical; en el verano de 1835 derrocaron al indeciso Toreno y auparon a  Mendizábal; y en julio-agosto de 1836 impulsó el restablecimiento de la Constitución de 1812, comenzando su insurrección en Málaga y las ciudades andaluzas, continuando en Zaragoza, llegando a Madrid donde el día 3 de agosto la proclamó en la Plaza Mayor, hasta que finalmente los sargentos de La Granja obligaron a la Regente a que la decretase de nuevo el 13 de ese mismo mes. Con la tercera reinstauración del texto y legislación doceañista se restablecía la Ordenanza miliciana de 1822.
¿Cuál fue el camino seguido para que los Urbanos devinieran en Nacionales? La denominación no era un asunto baladí. El calificativo de nacional era en sí mismo revolucionario, porque suponía libertad política de sus integrantes e igualdad jurídica, y la defensa de los intereses de todos y no de una dinastía.  La radicalización de la revolución, como efecto palpable de la  extensión de la guerra, conllevó estos cambios en la Milicia. Ya lo advertía Adolphe Thiers cuando promovía la intervención francesa en España: “Acabad con el carlismo y moderareis la revolución española”. La dinámica bélica fomentaba las pasiones revolucionarias[1]. La guerra carlista implicó radicalización y movilización política, encauzada en buena medida a través de una Milicia que comenzó siendo Urbana y garante del orden y acabó siendo Nacional y agente de la revolución.
Lo que comenzaron siendo unas partidas pronunciadas en favor de Don Carlos, sofocadas muchas de ellas rápidamente, en algunos puntos de la Península acabaron por constituirse en un ejército en el Norte bajo la dirección de Tomás de Zumalacárregui y en el Levante bajo la de Cabrera. Además, partidas como la de Forcadell y Quílez en Aragón, expediciones como la de Gómez que recorrió todo el territorio llegando hasta Andalucía donde saqueó varias ciudades, ante la mirada atónita de gobiernos y militares isabelinos incapaces de impedirlo, crearon un clima de inseguridad –especialmente en las ciudades y pueblos guarnecidas por la Milicia- y de cercanía palpable de la guerra que obligaron a tomar medidas: la ampliación de las milicias fue una obligación, una necesidad urgente, una imposición del propio conflicto si se quería salvaguardar el trono de la reina niña.
Así pues, a partir del 29 de septiembre de 1833 los sucesos se precipitaron. En octubre de ese año eran disueltos los Voluntarios Realistas, el 16 de febrero de 1834 veía la luz  la Ley de Milicia Urbana, por decreto de Moscoso Altamira de 19 de octubre se creaba la Milicia urbana movible para perseguir a los facciosos, en marzo de 1835 las Cortes del Estatuto aprobaban un Reglamento al respecto… Este era un (re)inicio tímido, restringido y obligado de la institución miliciana porque los gobiernos moderados de Martínez de la Rosa y Toreno la veían con desconfianza, no sin razón a la vista de los sucesos posteriores. El resultado era una Milicia restrictiva, definida como institución civil –pero bajo autoridad militar durante la guerra- con una estructura jerárquica que la hacía depender del ministerio, y obligaba al alistamiento de todos aquellos con las condiciones prescritas –cuota de contribución mensual variable según la población de 8 a 80 reales-, y además con la obligatoriedad de autofinanciarse el uniforme[2]. Con estos requisitos, pocos eran los que podían engrosar –en teoría- las filas milicianas, y además los liberales avanzados temían que el alistamiento obligatorio llevase a que entraran partidarios del absolutismo que entonces recibirían armas.
Esto no fue suficiente en aquella coyuntura. Los milicianos desconfiaban de una oficialidad impuesta y no electa, los carlistas se ensañaban con los milicianos y sus propiedades siempre que caían en sus manos, sufrían la represión de estos y la desconfianza gubernamental… Tras la revolución de 1835, el ministerio Mendizábal aprobaba un nuevo decreto de 28 de septiembre por el que establecía la Guardia Nacional. A esto añadió un decreto de 5 de febrero de 1836 que ampliaba el alistamiento y establecía la elección de la oficialidad –salvo sargentos y cabos electos por los oficiales-. Acerca de las restricciones para entrar en la Milicia y obtener un fusil y cartuchos para defender a Isabel II, Sisinio Pérez Garzón se pregunta “¿Se les temía a los jornaleros por potenciales realistas?¿O más bien por inminentes revolucionarios?”[3]. La respuesta quizás pudiera ser doble: armar a realistas era más el temor de los progresistas[4], mientras que armar a revolucionarios era más el temor de unos moderados que nunca vieron con buenos ojos la movilización política y menos en la calle, con armas en la mano.
Finalmente, entre la guerra y la revolución, con la llegada al poder del ministerio Calatrava en agosto de 1836, se restauró la Constitución de 1812 y el reglamento u Ordenanza de la Milicia Nacional de 29 de junio de 1822. Era el 23 de agosto, tres días después toda la Milicia era movilizada para la guerra en un intento de profesionalizarla militarmente, el 30 de agosto un decreto creaba la Inspección General de la Milicia, y por último, el 28 de  noviembre un decreto aprobado por las Cortes ampliaba la Milicia, limitaba la elección de oficiales –excluyendo a sargentos y cabos que serían elegidos por otros oficiales, como en época del ministerio Mendizábal-, imponía como requisito una cuota de 5 a 50 reales, y excluía a los afectos al carlismo. En este periodo de dos años que va entre 1834 y 1836 el aumento de la Milicia había sido espectacular, de 30.000 Urbanos en 1835 a 400.000 Nacionales en 1836[5].







[1] BLANCHARD RUBIO, Laetitia, Thiers et l’Espagne…, pp. 35- 62.

[2] Artículos 1º, 3º y  4º.
[3] PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio, Milicia Nacional y revolución burguesa…, p. 385.
[4] “No serán comprendidos en el alistamiento: Primero. Los que por sus ideas ó conducta política de afeccion al bando rebelde no inspiren completa confianza de llenar el objeto y cumplir las obligaciones prescritas á la Milicia Nacional” Dictámen de la comisión sobre aumento y organización de la Milicia Nacional, DSCC, 15 de noviembre de 1836, apéndice al núm. 28.
[5] CHUST CALERO, Manuel, Ciudadanos en armas…, p. 92. Según los datos reflejados por Joaquín Mª López en su memoria como ministro de Gobernación, a 18 de septiembre de 1836, y tras las órdenes dictadas para su ampliación, la Milicia constaba de 485.637 infantes y 18.057 milicianos de caballería, DSCC, 25 de octubre de 1836, apéndice al núm. 7, p. 2.