sábado, 13 de septiembre de 2014

Sobre la Universidad

Cuando se empieza la casa por el tejado y además ese tejado es malo (Plan Bolonia y sus derivados) no puede salir nada bueno, y así, de chapuza en chapuza, gobiernos -estatales, autonómicos y universitarios- no hacen sino joder más y más -hasta límites insospechados- a alumnos de nuevo y viejo plan de estudios...

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Barcelona Bombardeada. 11 de septiembre de 1714 y más Historia.




Estamos de Tricentenario, el 11 de septiembre de 1714 se producía el gran asalto de las tropas borbónicas a Barcelona. al día siguiente la ciudad condal, uno de últimos bastiones austracistas, capitulaba. La Guerra de Sucesión había finalizado en la Península tras diez años. El conflicto internacional se había resuelto con diversos Tratados en Utrecht y Rastatt.

Para conmemorar esta efeméride voy a dejar un resumen -más bien, fragmentos- de un libro que leí recientemente -y obviamente recomiendo-  una reflexión y una petición. 

Vayamos, primero, con el libro:


PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio (coord.), Los bombardeos de Barcelona, Catarata, Madrid, 2014.



PÉREZ GARZÓN, Juan Sisinio, “Introducción. Desasosiegos nacionalistas y pactos de soberanía”, pp. 7-32.

“Se hace urgente la pedagogía contra el conflicto violento. Frente a las mitificaciones del pasado, el historiador tiene la obligación de rescatar la complejidad de cada hecho histórico para desmontar las interpretaciones monolíticas y unidimensionales. También le concierne a la historia desentrañar cómo se han construido las identidades en las que vivimos sumergidos, porque, aunque se piensen a sí mismas como esencias y sustancias naturales, toda identidad está fabricada por distintos actores sociales y con intereses siempre cambiantes” (pp. 7-8). “(…) ninguna sociedad es un bloque compacto y homogéneo, sino que, por el contrario, está organizada por clases y grupos sociales con intereses distintos e incluso opuestos (…) lo cierto es que no se puede hablar de sociedad española o de sociedad catalana como si fuesen dos bolas de billar que chocan entre sí o que se mueven por separado. 
(…) Así, en este libro se constata que los momentos más conflictivos de esta historia en común no consistieron en choques entre Cataluña y España, como si fuesen dos sociedades homogéneamente enfrentadas, sino que se produjeron entre sectores e intereses de las clases sociales que respectivamente las integraban.” (p. 9).

“(…) ni las identidades ni las culturas son inmutables. Conviene subrayarlo porque todas las identidades nacionales, sea la española, la catalana o cualquier otra, son fabricaciones históricas (…) No las impulsa un destino predeterminado ni existe un hilo conductor desde la noche de los tiempos hasta el presente” (p. 10).

Entre los siglos XVI y XIX, en lo que hoy es España se pasó “de la monarquía plurivasallática al estado nacional” (p. 11) .


TORRES, Xavier, “La guerra de separación de Cataluña en la Monarquía hispánica de los Austrias (1640-1659)”, pp. 33-64

En 1640 “el conflicto dio comienzo con una insurrección rural y popular de grandes proporciones contra los tercios de Felipe IV; prosiguió con una rebelión (o resistencia) provincial e institucional, encabezada por Pau Claris y la Diputación catalana; y terminó (es un decir) con la incorporación de aquel antiguo principado a la corona francesa a principios del año 1641. La guerra subsiguiente, entre las monarquías de Francia y España, con Cataluña de por medio, tuvo sus altibajos,” (p. 33) “y a raíz de la Paz de los Pirineos (1659), Felipe IV pudo recobrar una Cataluña algo disminuida o troceada por la desmembración del condado de Rosellón y una parte del de Cerdaña” (p. 34).
“El trasfondo de un conflicto tan dilatado –o periódicamente renacido- no era sino el pulso jurisdiccional entablado entre la Diputación catalana –o más exactamente, quizá, las mencionadas juntas de Brazos y las Dieciochenas correspondientes, cada vez más crecidas- y la Corona –o sus ministros, también crecientemente envalentonados- en materia de creación e interpretación del derecho” (p. 36). [Contenciosos que se daban también, p. e. en Aragón].

“Pactismo a la catalana” (p. 38 y ss.). Una fuente de inspiración eran “alguno de los tratadistas aragoneses de la revuelta de 1591”. La monarquía hispánica era compuesta, unida sólo por un mismo rey y una misma religión. “Y si en el ámbito de la Corona de Castilla, con unas ciudades fuertes, pero con unas Cortes débiles, la voluntad del monarca no encontraba –comparativamente- demasiadas cortapisas legales, no ocurría lo mismo en los territorios de la Corona de Aragón, especialmente en el reino del mismo nombre y en el Principado de Cataluña, donde prevalecía –por lo menos sobre el papel- una forma de soberanía –como se llamaría ahora- fundada en el principio del “rey en Cortes” (…), eso significaba, en pocas palabras, que el monarca no podía legislar a su antojo, sino en presencia y con el asentimiento de los estamentos provinciales (…) reunidos en Cortes” (pp. 42-43). Un sistema institucionalizado de equilibrios.

“Por supuesto, la propia noción de ley imperante por entonces en todas partes (…) distaban mucho de favorecer la igualdad entre individuos y estamentos” (p. 44). Si en Cataluña algo podía crear “identidad” en el XVII no era ni la lengua ni la historia, sino el derecho, la legislación salida de las Cortes (p. 46). La alianza entre la Corona y las élites provinciales, no institucionalizada sino a través de redes clientelares mantenía a las monarquías compuestas del periodo, lo que no evitaba que surgieran tensiones (p. 48).

“Olivares se quejaba abiertamente de la falta de empatía o comunicación entre los distintos súbditos de la monarquía, (…) La Unión de Armas levantó ampollas en todas partes. Pero fue en Cataluña donde se originó una crisis política sin parangón;” (p. 49). Las Cortes de 1626 quedaron inconclusas, en 1635 estalló la guerra entre Francia y España, haciendo de Cataluña zona de tránsito de los tercios, con los consiguientes roces y escaramuzas entre soldados y lugareños, aunque por otro lado se despertaron celebraciones por las victorias, ya que en “Barcelona, por lo menos, el levantamiento del asedio francés de Fuenterrabía en el año 1638 se celebró por todo lo alto; o no menos que en Sevilla” (p. 52). “A principios del año 1640, la nobleza y los somatenes del Principado tampoco vacilaron en movilizarse en masa, al lado de los tercios de Felipe IV, para recobrar la fortaleza fronteriza de Salses” ya que entonces el enemigo aún eran “los herejes franceses” (p. 53).

La situación a partir de entonces fue “una mezcla de confusión, radicalización y azar” ya que “ninguno de los actores implicados pudo actuar a su antojo o manejar aquella crisis a su gusto” por la irrupción de factores imprevistos como “la revuelta popular contra los tercios” y “la acción directa de la plebe urbana” (p. 54). “Nunca las elites contaron tan poco: he aquí, pues, una de las claves del rompimiento, aunque no sea la única” (p. 55). Nadie contaba con el estallido popular y el asesinato del virrey que reduciría el margen de negociación. Por entonces, las autoridades catalanes, con Pau Claris al frente como presidente de la Diputación “estaban horrorizadas” y muy a duras penas controlaron “las sucesivas envestidas de los segadores y jornaleros que habían irrumpido en la ciudad y que en los días sucesivos, con la aquiescencia o complicidad del pueblo menudo y arrabalero de la urbe, se cebaron en particular en la persona de algunos magistrados”. En los meses siguientes continuó “esta guerra entre pobres y ricos” con “partidas de campesinos armados” que “llevaban de cabeza a las autoridades” (p. 56). “La guerra y sus avatares, ciertamente, truncaron lo que parecía ser una auténtica revuelta social en ciernes” (p. 57).

Varios dirigentes catalanes, entre ellos Claris, parecieron haber confiado en un acuerdo in extremis con la Corona, pero la campaña militar iniciada en noviembre por el marqués de Vélez y su saqueo de Cambrils dio al traste con ello. Esto aceleró la alianza con Francia, que ya habían planteado algunos nobles, iniciándose una larga guerra en que “los alojamientos de las tropas francesas se hicieron tan odiosos para la mayoría como los de los tercios de Felipe IV unos años antes” (pp. 61-62).

NADAL, Joaquim, “La Guerra de Sucesión a la Corona de España en Cataluña (1705-1714)”, pp. 65-93.

En la segunda mitad del XVII, Cataluña fue un escenario bélico permanente entre la monarquía de los Austrias y la francesa (p. 65). En 1697 las tropas francesas llegaron a sitiar y tomar incluso Barcelona, dando pie a un creciente sentimiento antifrancés (p. 66). Predominaba el ideal pactista que se había ido creando en la Corona de Aragón y se veía Holanda como modelo económico y político (p. 69).

El testamento de Carlos II generó alarma internacional por la posibilidad de la unión de las monarquías hispana y francesa, dando lugar a la Alianza de la Haya y la guerra contra Felipe de Anjou y Francia en 1702, una auténtica guerra mundial que, además, fue una guerra civil en los territorios de la monarquía hispánica. En 1711, al convertirse el pretendiente Carlos de Austria en Emperador, el peligro para el equilibrio internacional pasó a ser la unión del imperio austriaco con la monarquía hispánica (p. 71). La guerra dejó 1.200.000 muertos (p. 71).

“La guerra en la península fue a todas luces una guerra civil entre territorios, de modelos territoriales y políticos y entre personas. Porque, como es bien sabido, en una guerra civil abunda de todo menos las grandes unanimidades. (…) Felipe V aplicó sin miramientos el derecho de conquista y de ocupación militar, (…) Habría que añadir que tampoco en el propio territorio catalán se podría encontrar actitudes unánimes” (p. 72). “Cataluña vivió una evolución clara desde posiciones al inicio marcadamente constitucionalistas y antifrancesas, a actitudes de adhesión a la causa austracista durante la guerra que finalmente alcanzó posiciones directamente patrióticas y republicanas, de cuño popular y radical, en los momentos finales anteriores al desenlace” (p. 73).

En las Cortes de 1701-1702 Felipe V juró las constituciones en Barcelona, prevaleciendo el pactismo. De igual modo, en 1705 el Archiduque, Carlos III se aprestó también a convocar Cortes y jurar las constituciones. La intransigencia del nuevo virrey Velasco y la proximidad del desembarco aliado habían propiciado un movimiento deEn las Cortes de 1701-1702 Felipe V juró las constituciones en Barcelona, prevaleciendo el pactismo. De igual modo, en 1705 el Archiduque, Carlos III se aprestó también a convocar Cortes y jurar las constituciones. La intransigencia del nuevo virrey Velasco y la proximidad del desembarco aliado habían propiciado un movimiento de adhesión al Archiduque Carlos en 1704-1705. En 1707 las tropas borbónicas vencieron en Almansa y “no sin pesar de algunos sectores borbónicos moderados y constitucionalistas, se produjo una vuelta de tuerca centralizadora y absolutista”. De nada sirvió la ofensiva austracista de 1710 que acabó derrotada en Brihuega y Villaviciosa. A partir de 1711 se iniciaba una nueva guerra, de los catalanes contra Felipe V, ya que lo sucedido en Aragón y Valencia no permitían albergar ninguna esperanza (p. 79). Los Tratados de Utrecht en 1713 y de Rastadtt/Baden en 1714 pusieron fin al conflicto internacional.
“Durante un tiempo los aliados y también el emperador habían mantenido la guerra en Cataluña como un instrumento para obtener mejores bazas en la negociación. Cuando se cerró el proceso de los tratados, la resistencia a ultranza de los territorios que seguían fuera del dominio de Felipe V, y en particular Barcelona y Cardona, se produjo por la determinación de las instituciones y de la sociedad catalana, y más particularmente la barcelonesa, a no ceder” (p. 81). “El argumento decisivo fue la defensa de los privilegios y de las constituciones”. En julio de 1713 las últimas tropas austriacas abandonaban Barcelona, Cataluña quedaba a su suerte (p. 82). La Junta de Brazos se reunió y decidió continuar la resistencia. A partir de febrero de 1714 toda la iniciativa quedó en manos del Consell de Cent. En el verano de 1714 el duque de Berwick tomó la dirección del sitio borbónico de Barcelona. Al frente de 40.000 soldados, los bombardeos y las brechas en los muros barceloneses auguraban un pronto final. Rafael Casanova y Antonio de Villaroel dirigían a los defensores.

El día del asalto final a Barcelona fue el 11 de septiembre de 1714 tras el fracaso de las negociaciones para una capitulación. El día 13 se produjo la ocupación definitiva de la ciudad, tras lo cual Berwick inició una represión mientras que por otra parte, exoneró algunos dirigentes civiles como Casanova. El fin de la Guerra de Sucesión provocó el exilio de 30.000 austracistas (p. 86) y la implantación del modelo borbónico. Ernest Lluch escribió en 1994 que “La derrota de 1714 supuso la pérdida de las libertades catalanas y de las libertades españolas defendidas desde Barcelona” (p. 90).


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Los dos últimos capítulos del citado libro son referentes a la Cataluña y Barcelona de la Revolución Liberal y Guerra Carlista de 1833-1840 y regencia de Espartero 1840-1843, y referente a la Semana Trágica de Barcelona. El primero de ellos está escrito por Manuel Santirso y tras hacer un repaso a los sucesos de aquellos convulsos años señala cómo la Revolución Liberal en España también se hizo  desde Barcelona y cómo durante los bombardeos de Barcelona de 1842 y 1843 había dentro y fuera de la ciudad catalanes partidarios y detractores y que, en ningún caso tuvieron matices nacionales aquellos conflictos. Pero estas cuestiones me las dejo quizás para otra entrada...

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Vayamos, en segundo lugar, con la reflexión:

Estos días que he leído algo sobre la revolución inglesa del siglo XVII y algo sobre la Guerra de Sucesión Española... he pensado en el hipotético caso de que se hubiese podido desarrollar -es decir, con victoria militar- el radicalismo popular que se dió en la Cataluña austracista a partir de 1713... y he pensado que una de dos: 
O sus impulsores -pequeños burgueses, artesanos, clases populares urbanas y sectores campesinos con una religión bastante heterodoxa quizás similares a los cavadores, niveladores y demás "trastornados" ingleses del XVII- hubieran acabado en prisión, en la horca o demás patíbulos por las autoridades austracistas, catalanas o no.
O bien, los nobles -catalanes, austracistas o no- y la burguesía protocapitalista hubiesen caído vícitimas de la justicia popular o colgado de la horca...porque los franceses aún no habían puesto de moda la guillotina.


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Y vayamos, por último, con la petición:

Sé que  en el PP hacen mucho por la independencia de Cataluña cada vez que dicen algo, pero catalanes, conciudadanos, no os vayáis, no nos abandonéis, y menos en esta coyuntura en que necesitamos sumar voluntades para transformar la situación ala que nos han llevado aquellos mismos que fomentan el separatismo con una u otra bandera que pervierten tapando con ella su corrupción, sea Gurtel, sea Pujol. Nos os vayáis, por favor. 
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Daniel Aquillué. 

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lunes, 1 de septiembre de 2014

1 de septiembre de 1840. ¡Abajo la Ley de Ayuntamientos!



A la altura de la primavera de 1840 la Guerra Carlista había acabado en el frente del Norte y estaba próxima a terminar en el del Maestrazgo, pues el ejército de Espartero había lanzado la ofensiva definitiva contra las posiciones de Cabrera. En el poder, bajo la regencia de la absolutista María cristina de Borbón, se encontraba el gobierno liberal moderado de Pérez de Castro. Este había disuelto unas Cortes, de mayoría liberal progresista, al finalizar el año 1839, y ganado una nuevas elecciones en enero de 1840, si bien con una corrupción inusitada hasta para aquél tiempo, lo que provocó airadas protestas de los progresistas y altercados populares (véase: http://lamiradahistorica.blogspot.com.es/2013/11/rodea-el-congreso-version-1840.html).

Con unas Cortes adictas de mayoría moderada, con el beneplácito de la Regente y esperando obtenerlo del héroe y "poder" del momento, Baldomero Espartero, el gobierno moderado se dispuso a dinamitar el régimen que había instaurado la Constitución liberal-progresista de 1837  (véase http://zaguan.unizar.es/record/12415?ln=es) y que. recuperando la legislación doceañista, hacía de los poderes locales pieza clave del sistema, espacio predilecto de participación de la Ciudadanía, ya que la mayoría de varones residentes en pueblos y ciudades tenían el Derecho a elegir a sus ayuntamientos -si bien mediante un sufragio indirecto en dos grados-. Los moderados, siempre predispuestos a sacrificar la Libertad en nombre del Orden, a los que se les escapaba el control de esos poderes municipales electos por lo que para ellos era "chusma", y con las manos ya libres tras el fin de la guerra civil, se dispusieron en la primavera y verano de 1840 a llevar a cabo sus planes.

Derrotados los carlistas, desterrado el absolutismo en los campos de batalla, lo que estaba en juego era le modelo de Estado liberal que construir ¿moderado, centralizado, con predominio absoluto del poder ejecutivo, sumamente restringido y oligárquico y doctrinario o bien progresista, con suave centralización/moderada descentralización, con un poder legislativo más fuerte, restringido en el ámbito nacional pero abierto en lo local? Las cartas estaban sobre la mesa.

En los años precedentes, desde la victoria de Luchana en 1836, todos habían intentado atraerse a Espartero. Él era el verdadero poder: contaba con el favor de la regente, gozaba de inmensa popularidad entre las clases populares y la Milicia Nacional y controlaba un ejército, todavía por aquél entonces con ánimos revolucionarios. Espartero tenía clara sus fidelidades: a la reina Isabel II y a la Constitución de 1837, tenía una concepción meritocrática de la sociedad, odiaba las intrigas políticas y palaciegas y, tras la Paz de Vergara y ser recibido en pueblos y ciudades en loor de multitudes había caído rendido ante el amor del Pueblo.  Los moderados cometieron el error de intentar atraerse a Espartero mediante las intrigas de Miraflores, mientras que los progresistas le hablaron de la inconstitucionalidad de la legislación moderada, se presentaron a él no como partido sino a través de los ayuntamientos populares, en nombre del idealizado Pueblo que idolatraba a Espartero. 

La Ley de Ayuntamientos propuesta por los moderados y que con su mayoría aprobaron en el Congreso consistía esencialmente en eliminar la elección de los alcaldes que pasarían a ser nombrados por la Corona, en la práctica, por el gobierno. La legislación doceañista (de las Cortes de 1810-13 y del Trienio Constitucional) daba el voto en las elecciones municipales a todo varón mayor de 25 años con casa abierta en el municipio, lo que hacía que alrededor de 2'5 millones de españoles pudieran votar en las municipales (frente a los 450.000/700.000 que podían votar a Cortes con la ley progresista de 1837 o los 100.000 que podían votar con la ley moderada de 1846, o los 250.000 personas que podían votar por aquella época en Francia). Esto significaba una locura a ojos de los moderados, pues el derecho al voto era "tan lato que pueden entrar [hasta] los proletarios", además los ayuntamientos tenían amplias competencias, estando entre ellas el manda a la Milicia Nacional. Así pues, Madrid contaba con 8 batallones. Un ayuntamiento que en esta época siempre estuvo en manos progresistas. Esto era inadmisible para unos moderados que veían en los poderes locales una hidra de la revolución que no podían controlar. Para ello, lo primero era restringir el censo electoral ¡que era eso del sufragio universal aunque fuera en dos grados! Planteaban  un máximo de 11.722 electores para Madrid (con 224.00 habitantes), 6.712 para Barcelona (118.000 hab.), 6139 para Valencia (106.000 hab.) y 5423 para Valencia (91.000 hab.). Obviamente esos votantes eran los mayores contribuyentes del lugar, es decir, los más ricos, solo la alta burguesía y alta nobleza. Y los alcaldes dejaban de estar elegidos por los concejales para pasara  ser designados por el ministerio de la Gobernación. Además, las atribuciones municipales quedaba reducidas a dos: nombrar empleados bajo su servicio y admitir facultativos de medicina, veterinaria, maestros... En definitiva, recortar cualquier atisbo de participación ciudadana. 

El proyecto fue presentado en  las Cortes el 21 de marzo de 1840 pero su aprobación no llegó inmediatamente. La situación era tensa y se complicaba por momentos. Faltaba la sanción de la reina regente. Ésta no se atrevió, a pesar de su ideología absolutista, a sancionar dicha ley de primeras, quería asegurarse de que contaba con el apoyo de Espartero, con quien había mantenido buena relación hasta entonces. Para ello inició un viaje, con su hija Isabel II y parte del gobierno, desde Madrid a Barcelona, donde se encontraba el general Conde de Lucha, Duque de la Victoria. Era verano, y en su caluroso viaje solo encontró frialdad de las poblaciones, cuando no desprecio. Para ella resultó una insolencia que los ayuntamientos le recibieran con exposiciones y manifiestos en contra de la Ley de ayuntamientos, con  pancartas recordando el articulo 70 de la Constitución de 1837 "Art. 70. Para el gobierno interior de los pueblos habrá Ayuntamientos, nombrados por los vecinos, a quienes la ley conceda este derecho". El primer jarro de agua fría se lo llevó en el pueblo zaragozano de El Fresno donde tuvo que escuchar la alocución del ayuntamiento reclamándole la retirada de la ley de ayuntamientos. Le siguieron las corporaciones municipales de Zaragoza y Lérida. Paralelamente, la Milicia Nacional enviaba misivas a Espartero solicitándole que se opusiese a dicha ley que iba contra el Pueblo. 

Si lo primero no surtió efecto más allá de enfadar a María Cristina, lo segundo convenció a Espartero de la inconstitucionalidad y antipopularidad del proyecto moderado. Ya cerca de Barcelona, el General y la Regente se entrevistaron. El primero le pidió a la segunda que no sancionase la polémica ley. Ésta se negó. El 30 de junio de 1840, la reina, al regente y toda la comitiva entraron en una Barcelona con ambiente prerrevolucionario. Se sucedieron las conversaciones, las negociaciones, los cambios de ministerio, y algunos altercados con barricadas incluidas -entre ellos el motín de las levitas- hasta que finalmente, María Cristina sancionó la Ley de Ayuntamientos. 

A partir de ahí, al revolución estaba en marcha. El 22 de agosto María Crisitna de Borbón abandonó Barcelona, ciudad en que se sentía insegura, camino de Valencia. Paralelamente, en Madrid, el ayuntamiento progresista aprovechaba el vacío de poder provocado por  el viaje de la regente y el gobierno. El 7 de julio habían celebrado por todo lo alto al fiesta cívica del Siete de Julio en conmemoración de los sucesos de 1822 (véase http://lamiradahistorica.blogspot.com.es/2013/07/siete-de-julio-de-1822-fiesta-casi.html=). Los rumores en la Puerta del Sol se sucedían, algunos moderados huían de la ciudad, se organziaban reuniones cada vez menos clandestinas... 

El 1 de septiembre de 1840, el ayuntamiento de la capital organizó una sesión abierta que más parecía una sablea ciudadana pues había gente "hasta las escaleras que bajaban hasta la plaza de la villa, también con numeroso público". El alcalde primero, Joaquín María Ferrer, ordenó movilizar  ala Milicia Nacional a las dos de la tarde, milicianos dispuestos a "defender con las armas los derechos del pueblo torpemente hollados con la ley de ayuntamientos". El jefe político de la provincia .moderado- fue a poner orden a la incipiente rebelión logrando ser arrestado. El Capitán General Aldama se presentó en las cercanías del ayuntamiento con tropas, siendo recibido con fuego de fusilería de la Milicia Nacional. El ayuntamiento madrileño se trasladó a la Casa de la Panadería, acompañado de numerosa muchedumbre que entonaba el Himno de Riego. A las 7 de la tarde redactó un bando llamando al vecindario a tomar las armas en defensa de la Libertad y propuso nombrar una Junta revolucionaria, que se nombró con acuerdo de la corporación municipal, la Diputación provincial y la Milicia Nacional.  Como presidente de la Junta quedó Ferrer, y le acompañaban Pedro Beroqui, Pío Laborda, Fernando Corradi, José Portilla, Sainz de Baranbda y Valentín Llanos. Lo primero que hizo la Junta fue escribir a Espartero. 

El movimiento de rebeldía se extendió como un reguero de pólvora por todo el país: se crearon juntas en Zaragoza, Burgos, Cáceres, Cartagena, Málaga, Granada... en menos de una semana. Ante esta situación, María cristina solicitó a Espartero que marchase con sus tropas a Madrid para reprimir el levantamiento. Espartero se negó, diciendo que los insurrectos no eran "una pandilla de anarquistas", sino el Pueblo español en defensa de sus libertades. Desesperada, María Crisitna dio el gobierno a Espartero y los progresistas. era tarde. Solo le restaba el exilio, al que partió en octubre. Espartero quedó entonces como regente provisional y presidente del gobierno. Los progresistas, de nuevo en el poder, derogaron la ley de ayuntamientos moderada. Durante el trienio esparterista el sistema liberal español fue el más avanzado de toda Europa occidental. 

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Para redactar esta entrada me he servido de diversas lecturas, entre ellas FONTANA, Josep, La época del liberalismo, Crítica-Marcial Pons, Barcelona, 2007; GARRIDO MURO, Luis, El nuevo Cid. Espartero, María Cristina y el primer liberalismo español (1834-1849). Tesis doctoral dirigida por Carlos Dardé Morales, Universidad de Cantabria, 2012; BURDIEL, Isabel, Isabel II. Una biografía (1830-1904), Taurus, 2010; además de los apuntes tomados en la clase de "Construcción del Estado contemporáneo en España" -asignatura de la Licenciatura en Historia en al U. Z. impartida por la Dra. Carmen Frías-. 
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Daniel Aquillué Domínguez.